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miércoles, 5 de septiembre de 2018

Jornadas internacionales de traducción comparada "Variedades regionales en las lenguas de traducción"


Queridos colegas:

El próximo 20 de septiembre darán inicio las Jornadas Internacionales de Traducción Comparada "Variedades regionales en las lenguas de traducción" en la Biblioteca Nacional Mariano Moreno, Buenos Aires, Argentina.

El eje temático de estas jornadas será la incidencia de las variedades regionales de distintas lenguas en la traducción de literatura y humanidades.

La entrada será libre y gratuita.

Pueden consultar mayor información y el programa completo en: https://aati.org.ar/es/novedades/editoriales/jornadas-internacionales-de-traduccion-comparada







martes, 10 de julio de 2018

Becas Looren para traductores literarios latinoamericanos: convocatoria abierta

Queridos colegas:

Les compartimos el mensaje que Carla Imbrogno, coordinadora de Looren América Latina, nos envía  sobre las becas para estancias de traducción en Looren, Suiza, del 29 de enero al 28 de febrero de 2019 para tres traductores literarios latinoamericanos:

Estimados traductores y amigos de la Casa de Traductores Looren:
La Casa de Traductores Looren, en el marco de su programa Looren América Latina, y la fundación suiza para la cultura Pro Helvetia, en el marco de su programa para América del Sur COINCIDENCIA, convocan a la quinta edición de las Becas Looren para traductores literarios latinoamericanos. Las becas se dirigen a traductoras y traductores literarios que estén traduciendo una obra literaria de cualquier idioma al español o al portugués y que cuenten con un contrato editorial para la traducción. Se prestará especial atención a las candidaturas de traductores literarios que expresen interés en establecer vínculos profesionales con colegas de la región y en explorar formatos transdisciplinarios de transmisión de literatura traducida o los vínculos de la traducción con otras artes. A su vez, se prestará atención a proyectos de traducción relacionados en sentido amplio con los temas propuestos por el programa COINCIDENCIA, a saber: memoria, construcción del territorio, conflicto y post-conflicto, narrativas no modernas. Se otorgarán tres becas. Cada beca contempla una estadía de un mes en la Casa de Traductores Looren, un subsidio de 1.500 francos suizos y el reintegro de los gastos de viaje.

Para mayor información, consultar la página web: requisitos y condiciones de postulación.

Fecha límite para recibir postulaciones: 27 de agosto de 2018
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Carla nos comunica también que en esta emisión,  los colegas argentinos cuentan con el apoyo de su Ministerio de Cultura, por lo que para ellos la convocatoria es independiente y está abierta hasta el 31 de julio de 2017.  Ir a la convocatoria. 


Para saber un poco más de qué se trata estas residencias, pueden leer algunos testimonios a partir de este enlace.

* * *


sábado, 3 de diciembre de 2016

Charla extraordinaria: Proyecto de ley para la protección de la traducción autoral en Argentina


Queridos colegas:

De último momento y aprovechando que dos de sus promotoras, Carla Imbrogno y María Tellechea, vinieron a México al taller ViceVersa, habrá una charla sobre el Proyecto de Ley para la Protección de la Traducción Autoral en Argentina. Seguramente les suena, porque en el Círculo hemos difundido diversos capítulos de esta aventura (ver abajo).

La cita es este viernes 9 de diciembre a las 18:00 horas 
en el auditorio del Instituto Goethe (Tonalá 43, Col. Roma).
Como siempre, la entrada es libre y gratuita.
Habrá transmisión en línea
a través del canal de Youtube del Instituto Goethe
(se activa en este enlace a la hora de la charla).

En esta ocasión, Carla Imbrogno y María Tellechea, miembros del Frente de Apoyo al Proyecto de Ley de Traducción Autoral, nos platicarán sobre los puntos más importantes del proyecto de ley actual y nos contarán el recorrido legislativo que viene haciendo desde 2013 y algunas de las batallas que fueron dando. La charla estará moderada por Arturo Vázquez Barrón, presidente de la Asociación Mexicana de Traductores Literarios, A.C. (Ametli).


El proyecto de ley, que se viene gestando desde 2013 y lleva ya varios años de recorrido legislativo, apunta a mejorar las condiciones de contratación de los traductores literarios y a revalorizar la figura del traductor como agente cultural fundamental para la circulación de ideas y del arte literario entre las diferentes culturas. Entre otras cosas, pone un límite temporal a la cesión de derechos, introduce el pago de regalías, propone medidas estatales para el fomento de la traducción –como un premio nacional de traducción– e insta a visibilizar al traductor en la difusión y promoción de la obra traducida. En resumidas cuentas, intenta reparar injusticias perpetuadas en perjuicio del traductor, proteger sus derechos en tanto autor de la obra derivada y visibilizar y revalorizar su figura.

Para conocer un poco más sobre este proyecto de ley y por qué es importante conocerlo y apoyarlo, pueden consultar este enlace, que narra la historia y los lleva a su vez a varios otros sitios. La fundamentación del proyecto la pueden leer en las notas de Andrés Ehenhaus, "Traducción, autoría y autoridad", en este enlace. Lo más reciente que ha ocurrido es la formación del Frente de Apoyo al Proyecto de Ley de Traducción Autoral, sobre el que pueden leer en esta nota de El Tiempo.

Aunque la situación legislativa de México
es distinta de la argentina,
los traductores tenemos aún mucho que aprender
sobre el derecho de autor
y los posibles mecanismos para protegerlo.

¡Los esperamos el 9 de diciembre!


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sábado, 25 de octubre de 2014

Se presenta en Buenos Aires "El desayuno del vagabundo" de Richard Gwyn en traducción de Jorge Fondebrider

Amigos:

Para los afortunados que estén en Buenos Aires a finales de octubre, el miércoles 29 se presenta El desayuno del vagabundo de Richard Gwyn en traducción de Jorge Fondebrider (LOM, 2014). La presentación  será el miércoles 29 de octubre a las 19:00 horas en la Librería Gandhi Palermo, ubicada en Malabia 1784, más detalles aquí.

Copio abajo la reseña del libro, incluida en el boletín de la editorial LOM: Comunidad de Lectores LOM, no. 2, año 1 (septiembre-diciembre de 2014), p. 10, disponible en línea en este enlace. Saludos,

Lucrecia

Posdata para los que vayan: ¡tráiganse por ahí un ejemplar! ¡Autografiado, porfas!


El desayuno del vagabundo
Richard Gwyn
Traducción de Jorge Fondebrider
LOM, 2014

El desayuno del vagabundo (The Vagabond's Breakfast), que LOM publica en traducción castellana de Jorge Fondebrider, es una memoir (subgénero de la autobiografía) donde su autor, Richard Gwyn, narra nueve años de su vida que transcurrieron entre el vagabundeo alcoholizado por los países que rodean el mar Mediterráneo y aquellos que pasó esperando un trasplante de hígado. En 2006, los médicos le dijeron que, si no se sometía a dicha operación, podría vivir sólo un año más.

Esta narración es una memoria y un relato de sus años "perdidos", la adicción, los viajes imprudentes y las hospitalizaciones, además de una cónica sobre el trasplante y una reflexión acerca del modo en que un ser humano puede comprar tiempo mediante este tipo de intervenciones. Pero, además, este relato aborda la recuperación y la redención que puede producirse a través de la amistad, la imaginación, el intelecto, el amor y la paternidad. Gwyn describe mediante un lenguaje controlado lo que se siente perder el control y construye una saga en la que aparece, entre otros personajes, el escritor Roberto Bolaño. El desayuno del vagabundo fue elegida mejor obra de no ficción publicada en Gales en 2012 y ésta es su primera traducción al castellano.

Richard Gwyn (1956). Poeta, narrador, ensayista y director de la cátedra de Escritura Creativa en la Universidad de Cardiff, Gwyn es autor de cinco libros de poemas --One Night in Icarus Street; Stone dog, flower red; Gos de pedra flor vermella (ambos de 1995); Walking on Bones (2000); Being in Water (2001), y Sad Giraffe Café (2010)--, dos novelas --The Colour of a Dog Running Away (2005) y Deep Hanging Out (2007)-- y de una gran antología de poesía galesa --The Pterodactyl's Wing: Welsh World Poetry (2003)--. Hasta ahora, sólo existía una obra de Gwyn traducida al castellano, Abrir una caja, antología de poemas a cargo de Fondebrider.













Y si se quedaron picados, pueden leer "La canción del vagabundo", una nota y entrevista que le hizo Jorge a Gwyn en 2011, cuando visitó Buenos Aires para la Feria del Libro: http://www.revistaenie.clarin.com/literatura/Richard-Gwyn-Filba-The-vagabonds-breakfast_0_541146086.html

Reseña y ficha curricular tomadas de: http://www.lom.cl/templates/LOMTemplate/skins/main/Uploads/plaquette%20septiembre%20interactivo.pdf

Cartel de la presentación enviado por Jorge Fondebrider.

jueves, 17 de octubre de 2013

Otra opinión entre las muchas posibles "Alejandro Patat"

Hola, colegas.

Con todo lo que ha acontecido últimamente en Argentina en el mundo de la traducción, aprovecho para reproducir esta nota desde el http://clubdetraductoresliterariosdebaires.blogspot.mx/. Espero y lo disfruten.

Saludos cordiales,
Jorge Pérez Arteaga

Otra opinión entre las muchas posibles

“A partir de la investigación y de su propia experiencia como traductor, el autor de este artículo reflexiona sobre las variadas formas que puede adquirir el delicado arte de expresar en una lengua lo que está escrito en otra, y destaca la importancia que ha tenido esa tarea en la constitución de la identidad cultural del país”, dice la bajada del artículo que Alejandro Patat* (foto) publicó en ADN, del diario La Nación de Buenos Aires, el viernes 11 de octubre pasado.

La Argentina, una inmensa traducción


La traducción literaria en la Argentina –afirman en los últimos años casi por unanimidad todos aquellos que la han estudiado o practicado– no es un factor al margen de la identidad cultural del país, sino uno de los pilares sobre los que se funda tal identidad. Sin traducciones pensadas, programadas y elaboradas por argentinos a lo largo de dos siglos, nuestra cultura sería otra o probablemente no sería. Anna Gargatagli y Patricia Willson han ejemplificado de manera magistral cómo la busca de un estilo propio de nuestros escritores ha sido y es inescindible de la vasta experiencia en el campo de la traducción.


Dos ideas inconciliables
Si se me permite una síntesis brutal, creo que es posible reducir todos los debates modernos sobre la traducción, fuera y dentro de nuestro país, a dos grandes polos inconciliables. A la primera posición, férrea en su afán totalitario, la llamaría "semiótica", porque considera la traducción un acto comunicativo, susceptible de ser catalogado minuciosamente en una serie finita de fenómenos. Quienes levantan esa bandera están persuadidos de que la traducción es una práctica codificada, que implica determinados procedimientos y estrategias, aplicables en los distintos casos que todo texto presenta. Para ellos, el traductor es un técnico que ejercita una labor mecánica con mayor o menor desenvoltura. Hoy existen asociaciones, colegios de traductores públicos, carreras específicas, publicaciones y congresos de traductología en universidades de todo el mundo. En estas instituciones han nacido verdaderos grupos "fundamentalistas", que excluyen de la órbita de la "buena" traducción a quienquiera no haya recibido su formación, y que congelan, por lo tanto, el concepto de la traducción como profesión.


Del otro lado, en continua posición de combate o, peor aún, con agresiva indiferencia a la idea de la profesionalización, se ubican los que defienden la perspectiva de la traducción como un hecho que yo llamaría "estético". Como es razonable, quienes sostienen este otro postulado ahondan sus raíces en los primeros debates filosóficos y religiosos para llegar a la idea de traducción como producto artístico, con sus propias convenciones y poéticas. Para estos últimos, es inútil que un traductor conozca las abstrusas taxonomías que la tradición académica difunde sin cesar y que cambia según los caprichos de las modas universitarias. El acto de traducir, argumentan, se basa en un trabajo de excavación en la propia lengua, con agotadoras intuiciones explorativas y experimentales. La traducción esconde las mismas insidias de cualquier actividad artística, y el traductor enfrenta plenamente los desafíos de la escritura.


Problemas
Dado que he optado por la brutalidad, espero se me conceda otra síntesis. La ya casi infinita biblioteca acerca de la traducción guarda en realidad un engaño. Como la filosofía, la traducción vuelve siempre a los primeros interrogantes, que, son, desde ya, irresolubles. Según Franco Buffoni, el mayor estudioso de la traducción en Italia, director de la magnífica revista Testo a Fronte, todos esos interrogantes se han presentado a lo largo de la historia como ejes binarios de carácter opositivo. Libertad/sumisión; traición/fidelidad; estilización/literalidad; sentido/palabra; domesticación/extranjerización son algunos de los ejes claves que dieron lugar a las diversas tipologías traductivas que Antione Berman ha examinado en su brillante ensayo La traduction et la lettre ou l'auberge du lointain . Más allá de estos excelentes materiales, propongo –modestísimamente– otro camino.


Un estudio por casos
En distintas oportunidades, ya sea en el café o en las aulas universitarias, me he visto obligado a discutir acaloradamente sobre uno de los lugares comunes más difundidos en nuestro país: el hecho de que la cultura argentina es el resultado de una conmixtión original de ideas y soluciones que provienen de Francia o de Inglaterra. La idea de una élite cultural filofrancesa y filoinglesa ya en el siglo XIX no me parece discutible. Demasiados testimonios lo confirman.


Ahora bien, si en vez de concebir las traducciones argentinas del inglés y del francés como hegemónicas y paradigmáticas nos detuviéramos a pensar aquello que deriva del contacto de nuestra literatura con otras lenguas, obtendríamos nuevas perspectivas y cuestiones. Dada mi limitado conocimiento, querría ilustrar sólo algunos fenómenos que resultan del contacto entre la literatura italiana con las tradición traductora de nuestro país.


Insisto, todavía no existe una historia de la traducción en la Argentina, pero si existiera, debería organizarse por "casos", y debería tener en cuenta esas otras empresas no tan marginales que los argentinos emprendieron más allá de las literaturas inglesa y francesa. Los "casos" son simplemente los distintos modos de haber entendido y ejecutado la práctica de traducción.


La traducción política
Los románticos, se sabe, abrazaron la idea de la traducción como gesto iluminista, como arma capaz de borrar las fronteras y de universalizar las ideas fundacionales de la modernidad. En la Argentina, la traducción de las tragedias de Alfieri o de las novelas de Foscolo y Manzoni significó dar a conocer la catástrofe italiana, especular de la argentina, en cuanto naciones en busca de una auténtica libertad. La apropiación política de esos textos claves de la literatura italiana del siglo XIX fue fundamental también para la generación del 80, que vio a Italia no como nación-modelo, sino como nación-hermana. Quizás éste sea uno de los motivos por los cuales los lectores argentinos de hoy siguen leyendo las grandes obras inglesas y francesas del siglo XIX como obras "maestras" de mundos acabados, pero desconocen en general esas obras italianas. Porque fue su circulación en traducciones políticas, demasiado apegadas a las urgencias históricas de nuestro país, la que no permitió ni siquiera entrever los motivos por los que esas mismas obras son imprescindibles en Italia: su innovación formal y su grandiosa experimentación lingüística.


No será la primera ni la última vez que los textos italianos entrarán por la puerta de la política (Gramsci, por mencionar el caso más importante del siglo XX), para desatender la imponente grandeza estética de sus escritos.


La traducción demiúrgica
La traducción de La Divina Comedia , hecha por Bartolomé Mitre, sufrió los embates violentos de los irreverentes jovencitos reunidos en torno a la revista Martín Fierro , allá por los años veinte. Desde entonces, la versión del poema dantesco ha sido injustamente olvidada o denigrada. Sin embargo, la traducción de Mitre ha tenido un rol imprescindible en nuestro país, nos guste o no nos guste su versión. ¿Por qué? Porque al cabo de largos años de trabajo, que van desde 1891 hasta 1897, considera su propia versión a la par del original. Es más, antepone al texto una "Teoría del traductor" e incluye cientos de notas a la traducción (y no al texto). Todo eso implica que estamos leyendo La Divina Comedia de Mitre, más que la de Dante.


Traducción demiúrgica significa que el traductor se sobrepone al autor. Porque si éste construye y crea, el segundo se sumerge y penetra en el misterio de la creación.


La traducción por identificación
"La tarea del escritor no es imaginar sino percibir", sentenció Proust. Propongo que el predicado se aplique plenamente a la tarea del traductor. "Un traductor debe primeramente perder y luego recuperar su propia identidad", afirmaba Elsa Gress, escritora danesa, en ese precioso volumen sobre la traducción que la revista Sur publicó en 1977. La Argentina ofrece muchos casos de escritores abocados a la percepción sutil de una obra imaginada por otro. La llamaré traducción por identificación. A tal punto que un traductor de este tipo sufre una especie de ensimismamiento y apropiación de una identidad ajena, cuyo síntoma final consiste en transformarse en álter ego del autor. Permítaseme contar una anécdota curiosa. Cuando en 1997 traduje junto con Carlos Ripso una antología de Montale, no preví que esa acción, efectivamente audaz y osada, despertaría las justas sospechas de Horacio Armani, el famoso traductor de Montale en la Argentina. Nuestra operación no guardaba ningún rencor contra aquel texto excelente que había circulado y sigue circulando notablemente en nuestro país. Armani, sin embargo, no concebía que existieran dos versiones simultáneas. La paradoja –lo descubro después de años– es que muchas veces la nueva identidad del traductor es tan perfecta que termina por velar la del escritor mismo, y no viceversa.


La traducción que da voz
En aquel número inolvidable de Sur, tres textos subyacen a las discusiones de los latinoamericanos que participaron del volumen: la famosa diatriba Newman-Arnold en torno a la intraducibilidad de Homero, el artículo "Miserias y esplendores de la traducción", de Ortega y Gasset, de 1937, y el notable ensayo de Octavio Paz, Traducción: literatura y literalidad , publicado en Barcelona en 1970.


Ortega había esclarecido la diatriba acerca de la intraducibilidad de todo texto, desplazando la imagen banal de la inadecuación de los códigos retórico-semánticos de una obra clásica hacia una disquisición mucho más fina acerca de lo que una lengua manifiesta o acalla.


Cada lengua es una ecuación diferente entre manifestaciones y silencios. Cada pueblo calla unas cosas para poder decir otras. Porque todo sería indecible. De aquí la enorme dificultad de la traducción: en ella se trata de decir en un idioma precisamente lo que este idioma tiende a silenciar.


A estas alturas, habría que pensar el rol esencial que cumplieron en la dictadura argentina algunos textos de Pavese, escritos también ellos en clave durante el fascismo. La influencia de Pavese entre la generación de escritores como Piglia o Saer es notoria, pero todavía no se ha hecho hincapié en todo lo que la literatura argentina "dijo" a partir de los escritos de Pavese. O si se quiere, basta con leer muchas de las versiones de Rodolfo Alonso y Pablo Anadón para comprender cuántas más cosas dijo nuestra poesía a partir de la poesía italiana del siglo XX.


La traducción reivindicativa
Digamos que la reivindicación del estatuto de las lenguas coloniales respecto de la lengua de la madre patria acompaña los debates desde la Independencia hasta nuestros días, con las posiciones que ya conocemos, y que van de un extremo al otro.


Lo cierto es que la industria editorial de los últimos años en lengua castellana, como resulta del hermoso volumen La traducción literaria en América Latina , compilado por Gabriela Adamo, ha privilegiado la variedad ibérica a la hora de difundir textos en lenguas extranjeras. No se trata sólo de una política lingüística normativa, ciega ante un público masivo latinoamericano que tiene problemas tangibles para digerir las traducciones españolas. Con el pase de las grandes editoriales argentinas a manos españolas, se trata más bien de una cuestión de política editorial. Uno de los más espinosos es la circulación inquietante de traducciones argentinas manipuladas. Como señala Gargatagli en el volumen recién citado, "a partir de 1976, se trasladaron a España catálogos enteros de las empresas argentinas que iban desapareciendo y las traducciones nacionales pasaron a ser un inmenso borrador que podía corregirse, plagiarse, editarse, denigrarse, peninsularizarse y enviarse otra vez a la Argentina".


A este propósito resulta imperdible el ensayo de Andrés Ehrenhaus, incluido en el volumen. Argentino exiliado y radicado en España desde hace décadas, Ehrenhaus, se reconoce traductor "huésped" en la lengua de España. A las objeciones de sus connacionales por la adaptación de la propia variedad lingüística replica que, a fin de cuentas, cualquier manipulación o sumisión de la propia variedad a la normativa peninsular implica siempre un desborde, una filtración, un desangrarse de la lengua materna, que deja sus huellas y sus manchas.


Cuando en los años noventa Antonio Aliberti, poeta argentino nacido en Sicilia, concluyó sus traducciones de Leopardi, confesándome que ese enorme trabajo lo había purificado y lo había preparado para su muerte inminente, no imaginaba quizá que su versión del monumental poeta italiano nos quedaría como testimonio maravilloso de esa lengua particular que los argentinos construyeron con el aporte de los inmigrantes italianos.


La traducción como compensación
Sin embargo, los argentinos no deberíamos olvidar tan a menudo que la lengua que hablamos tiene una larga historia, que no está hecha sólo de glorias, "el bronce de Francisco de Quevedo", según rezan los versos de Borges. En 1971, en Nueva York, el político, periodista e historiador catalán Víctor Alba (1916-2003), militante del Partido Comunista español, preso por el franquismo en Alicante y luego en Barcelona, exiliado en México y luego en Estados Unidos, fue invitado a participar de unas importantes jornadas sobre traducción. El original escrito de Alba, recogido por Sur, razona en torno a un tema ajeno a la cultura norteamericana, pero impelente en el caso de la lengua española: nuestra lengua ha hecho siempre las cuentas con contextos dictatoriales, dominados por el control y la censura de Estado. El traductor no ha sido indemne a los juegos acrobáticos de la lengua y a las paráfrasis disuasivas.


La traducción ideológica
Los años setenta fueron propicios para la ideologización de la práctica de traducción, cuyo principal problema pasó a ser la cuestión de la traducibilidad cultural. En esos años, la revista Pasado y Presente , en Córdoba, al traducir los Cuadernos de la cárcel , de Gramsci, planteó el siguiente problema: ¿hasta qué punto los postulados y las ideas relativas a la realidad italiana son traducibles en América Latina? ¿Conceptos como "hegemonía" o "intelectual orgánico" significan la misma cosa de un lado y del otro del Atlántico? El debate no era otra cosa que la traducción del propio debate que Gramsci había generado en sus Cuadernos , donde se preguntaba si las literaturas populares francesa y rusa del siglo XIX eran del todo traducibles en la Italia del mismo período. La historia de las ideas en América Latina ha sido, de por sí, una respuesta a la cuestión.


La traducción como experimentación
Patricia Willson, en La Constelación del Sur, ha trazado un panorama de las traducciones argentinas del grupo Sur, analizando las soluciones de Victoria Ocampo, José Bianco y Jorges Luis Borges. De las innumerables intuiciones críticas de la ensayista, rescato aquí una en particular: la idea de que la traducción fue y es en la Argentina un laboratorio estilístico, cuyo ejercicio de reescritura traductiva termina por filtrarse en las obras.

A los tres modelos que Willson propone, yo les sumaría las soberbias interpretaciones de Enrique Pezzoni de algunos textos italianos, que no han recibido hasta ahora la misma atención que sus textos críticos. Porque no habría que olvidar la bella metáfora de Jaime Rest en su ensayo "Reflexiones de un traductor": “El texto original es siempre una partitura que atesora en su silencio la forma ideal de la composición: el traductor no en vano es un intérprete, un ejecutante de la partitura”.

La traducción como saqueo
He dejado deliberadamente para el final la visión de la traducción como saqueo, idea que Borges ha injertado en nuestra cultura. Para Ricardo Piglia, el germen de las ideas borgeanas se halla en la traducción desviada del epígrafe " On ne tue point les idées " del Facundo , que Sarmiento atribuye equívocamente a Fortoul en vez de Diderot, y que traduce "mal" en la edición de 1845: "A los hombres se los degüella, a las ideas no". Allí estaría la vocación apócrifa de nuestra literatura.


Las distintas posiciones de Borges en torno a la traducción han sido analizadas puntualmente por Sergio Waisman. Así, la célebre frase de Borges "el concepto de texto definitivo no corresponde sino a la religión o al cansancio", hoy incluida en Discusión, lo llevó a afirmar que "la superstición de la inferioridad de las traducciones –amonedada en el consabido adagio italiano– procede de una distraída experiencia". Éstos serían los corolarios que conducen a la idea de traducción como falsificación, distorsión, desdoblamiento, apropiación, saqueo. Al final de su carrera, en "El oficio de traducir", en 1975, Borges afirma –expandiendo aún más las infinitas posibilidades de la traducción– que ésta no es sino una forma de "sentir el universo".


Si Borges se apropió de una gran cantidad de textos escritos en otras lenguas, será útil saber que en 1965 se negó a aceptar la invitación de los intelectuales latinoamericanos a traducir La Divina Comedia . Claudia Fernández Greco, estudiosa de la Universidad de Buenos Aires, está llevando a cabo un análisis titánico de las traducciones de Dante en la Argentina y acaba de aportar una interesante interpretación de esa negativa. Porque una literatura está hecha también de textos que nunca existieron.


Final
En 1958, Juan Rodolfo Wilcock se encuentra en Londres, lugar que había elegido para escapar de la Argentina reducida al enfrentamiento entre peronismo y antiperonismo. Desde su exilio voluntario, escribe cartas desesperadas a Miguel Murmis, a quien había conocido y frecuentado en Buenos Aires. Y entre notas personales, agrega críptico: "Veo la Argentina como una inmensa traducción". Wilcock, el amigo íntimo de Silvina Ocampo, que se había enemistado con Victoria, deja suspendida esta idea. Creo que con esta frase Wilcock quiso subrayar que lo que más añoraba de Buenos Aires era el espíritu cosmopolita de esos años, visible en la vocación omnívora por la traducción. La suya era una consideración elegíaca de aquello que había dejado para siempre. Su destino romano, así como su pasaje deslumbrante a la literatura italiana en breves años, no hubieran sido posibles sin ese recurrente sueño argentino, que consiste ante todo en traducir.



*Alejandro Patat ha sido Responsable de la Dirección Didáctica de la Asociación Dante Alighieri de Buenos Aires y Coordinador para América Latina del “Progetto Lingua Italiana” de la Società Dante Alighieri di Roma. Ha traducido a Montale en castellano y está cuidando la edición argentina de la Historia de la literatura italiana de Alberto Asor Rosa. Ha escrito algunos ensayos sobre la relación entre la cultura italiana y la cultura latinoamericana y ha publicado L’italiano in Argentina (Guerra, Perugia 2004) y Un destino sudamericano. La letteratura italiana in Argentina, 1910-1970 (Guerra, Perugia 2005). En Italia está por salir el volumen Patria e psiche. Saggio su Ippolito Nievo (Quodlibet, 2009). Es docente de Literatura Italiana en la Universidad de Buenos Aires e investigador en la Università per Stranieri di Siena. Ha dictado cursos y seminarios en Argentina, Italia, Serbia, Túnez y Suiza.

sábado, 12 de octubre de 2013

Informe sobre la Ley de Protección de la Traducción y los Traductores

Tomando en consideración la entrada en lo referente a la ley de protección a la traducción y al traductor que se está promoviendo en Argentina reproduzco esta nota que publicó Jorge Fondebrider en el blog del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires: http://clubdetraductoresliterariosdebaires.blogspot.mx/2013/10/un-paso-efectivo.html 




En los meses que van de marzo de este año a esta fecha, los traductores Estela Consigli, Lucíla Cordone, Andrés Ehrenhaus y Pablo Ingberg se reunieron para trabajar en un proyecto de ley que cubriera los intereses de los traductores y que, gracias a la intervención decidida de un legislador y su equipo, próximamente será sometido al Congreso nacional. Para informar sobre los distintos pasos de esta iniciativa y recabar opiniones por parte de los interesados, dos de los miembros de ese grupo se hicieron presentes en el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires ante un muy nutrido grupo de traductores. La velada, de real importancia transcurrió en los mejores términos. Los interesados pueden consultarla aquí:http://www.ustream.tv/recorded/39633141


Reunión informativa sobre el proyecto de Ley de Protección de la Traducción y los Traductores

Un cúmulo de circunstancias favorables, surgidas de ese magma en constante ebullición que es el ejercicio de la traducción y su lugar en el mundo, derivó hace pocos meses en la elaboración de un proyecto que parecía tan ambicioso como inalcanzable apenas un año atrás: una propuesta de Ley de Protección de la Traducción y los Traductores, presentada para su debate y eventual aprobación en la Cámara de Diputados de la Nación. Tantapomposa mayúscula es el bosque que viene a soslayar el árbol, que no es otro que la posibilidad real y efectiva de que la profesión cuente con una herramienta legal ágil y eficaz para alcanzar el objetivo soñado desde que la traducción es pieza fundamental de la industria del libro, y estamos hablando de muchas décadas e incluso siglos: la dignidad laboral y profesional de quienes la ejercen. Un grupo de traductoresprovenientes de distintos ámbitos y dotados de experiencias diversas, pero que podría estar compuesto por casi cualquier profesional de la traducción literaria, ofició de médium, recogiendo las reivindicaciones y aspiraciones del sector y dándoles forma de reglamento ad lib que los especialistas en materias legales y políticas se encargaron de estructurar y vestir como corresponde.


Este documento ya está en danza y ha llegado el momento de sacarlo a la luz pública y proponerlo a sus verdaderos recipientes, cuales son los traductores de libros de nuestro país, así como de consensuarlo con los restantes actores de la industria de la traducción. Cabe agregar que, de cobrar curso, se trataría de un hito prácticamente internacional, un modelo señero para beneficio de la profesión en muchas otras partes del mundo y un avance inédito en las condiciones de trabajo de los traductores locales. Pero no tiremos cohetes antes de tiempo; aún queda camino por recorrer y mucha labor de difusión que hacer. Y la amplia caja de resonancia del Club de Traductores es uno de los lugares fundamentales para hacerlo.


Estela Consigli: Profesora de francés y traductora literaria y técnico-científica de la misma lengua (IES Lenguas Vivas “Juan Ramón Fernández”). Se especializa en traducción de ciencias humanas y psicoanálisis para editoriales y clientes particulares. Secretaria de la AATI e integrante de la Comisión de Derechos de Autor.


Lucila Cordone: Traductora literaria y técnico-científica de inglés (IES Lenguas Vivas “Juan Ramón Fernández”) y docente en esa institución y en el Lenguas Vivas “Spangenberg”. Síndica de la AATI, donde integra la Comisión de Derechos de Autor y colabora con la organización de charlas y actividades para traductores. Traduce textos literarios y de ciencias sociales.



Andrés Ehrenhaus: Traductor, autor, editor. Vive en Barcelona desde 1976. Formó parte de las juntas directivas de ACEtt y CEDRO y es profesor del Posgrado de Traducción Literaria y Audiovisual de la Universidad Pompeu Fabra. Publicó narrativa y novela en Argentina y España y tradujo más de cuarenta obras, entre ellas la poesía completa de Shakespeare.


Pablo Ingberg: Licenciado en Letras (UBA); publicó cinco libros de poemas, una novela y más de sesenta libros traducidos del griego antiguo, latín e inglés, además de poemas traducidos de esas mismas lenguas y del portugués, francés e italiano; cuidó las Obras completas de Shakespeare y dirige la Colección griegos y latinos de Editorial Losada.

martes, 8 de octubre de 2013

Ley de traductores y traducciones para Argentina

Queridos colegas,

En Argentina se está promoviendo una Ley de Traductores y Traducciones.

Reproducimos la nota que publicó ayer Jorge Fondebrider en el blog del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires: http://clubdetraductoresliterariosdebaires.blogspot.mx/2013/10/un-paso-efectivo.html

Ayer mismo fue la sesión presencial del Club en la que se presentó la propuesta. Pueden ver la sesión aquí: http://clubdetraductoresliterariosdebaires.blogspot.mx/2013/10/informe-sobre-la-ley-de-proteccion-de.html

El jueves pasado, Pablo Ingberg, otro de los impulsores de la ley, publicó una nota en Tiempo argentino: http://tiempo.infonews.com/2013/10/03/especiales-110548-nueva-ley-para-los-traductores.php

¿Vamos pensando en algo así para México?

Aquí la entrada del blog del Club del día de ayer, lunes 07 de octubre:


Un paso efectivo
Andrés Ehrenhaus es un notabilísimo miembro del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires. Vive en España hace más de treinta y cinco años. Allí se hizo traductor y, con el tiempo, llegó a ser vicepresidente de ACEtt, la asociación que reúne a los escritores y traductores de la Península. Sin embargo, viaja varias veces al año a la Argentina y está perfectamente al tanto de la situación de la profesión en nuestro país. De hecho, con Estela Consigli, Lucila Cordone y Pablo Ingberg, es uno de los miembros del grupo impulsor del proyecto de Ley de Traducciones y Traductores, que se expondrá hoy en el CCEBA, en el marco de la reunión mensual del CTLBA. Por esta circunstancia, nos hizo llegar estas palabras.


Hacia el fin del llanto
La traducción literaria está viva y sana y vive en los libros del mundo entero. Podría decirse sin temor a incurrir en la balandronada que nunca ha estado tan viva y tan sana, que nunca ha habido tantos libros traducidos de tantas lenguas a tantas otras como en los últimos lustros. Los que no están tan vivitos y coleantes como la traducción son los propios traductores. Podría decirse sin temor a incurrir en la hipérbole que nunca ha habido tanta distancia entre la salud de una y la poca salubridad laboral de los otros. Es cierto que hace tan sólo algunos siglos se solía quemar en la hoguera a los traductores de la Biblia y que a los traductores de libros impuros se les cortaban diversos apéndices músculoesqueléticos, pero ahora que esa publicaciones no sólo no están perseguidas sino que arrojan pingües dividendos, el traductor querría merecer algo más que la indulgencia de la sociedad y empezar a percibir lo que le corresponde, en tanto autor, de los beneficios que produce la explotación de su obra.
En este mundo de ahora, los estados se rigen por reglamentos más o menos acatados que se llaman leyes. Las hay que regulan la mayoría de los aspectos de la vida cotidiana, económica, cultural, laboral, frugal o espiritual de los ciudadanos, y ello no excluye, por supuesto, a la actividad creativa que damos en llamar literatura y que, hasta hace bien poco y quién sabe hasta cuándo, se viene envasando en forma de libro. La traducción es una forma de creación literaria: es aquella que se deriva del uso creativo de una obra determinada, transformándola en otra de igual naturaleza. A diferencia de la obra original, la traducción no existiría por sí sola; sin embargo, necesita tal como la obra original de un autor capaz de crearla: el traductor. Y en tanto obra de creación, la traducción cuenta con los mismos derechos autorales que las obras de creación originales. Todo lo cual está recogido en esa legislación a la que aludíamos antes y que, en nuestro país, lleva el simpático nombre de 11.723. Esta ley es la que se ocupa de regular los usos comerciales y culturales de la propiedad intelectual de todas las obras de todos los ámbitos: abarca un amplio espectro.
Lo cierto es que, incluso al amparo de esa ley, la traducción así llamada literaria (pero mejor entendida como traducción de obras de creación no sólo intelectual sino también y, a veces, sobre todo estética) continúa dejando en evidencia la situación antes descrita: cada vez se traduce más y mejor, y sin embargo cada vez se abre más la brecha entre la excelencia de la profesión y la precariedad laboral y económica de los profesionales. Se nos dirá que el mundo actual es así. Quizás con (amarga) razón. Pero ello no obsta para que los traductores literarios demos pasos prácticos y efectivos hacia la concreción de herramientas administrativas –es decir, no puramente éticas o conceptuales– que nos acerquen a nuestro modestísimo objetivo: vivir de nuestra actividad profesional. De ahí que haya surgido, casi por arte de ensalmo, esta iniciativa que yacía latente en el corazón de todos los traductores literarios de nuestro bienamado país: una ley propia capaz de regular los intríngulis de la actividad y que permita tanto el desarrollo del negocio editorial y de las industrias culturales adyacentes como la seguridad necesaria para que los profesionales de la traducción podamos contribuir a ese objetivo sin padecer contraproducentes penurias por el camino. Una ley que no sólo nos equipare a los profesionales de otros países sino que nos ponga a la cabeza mundial de la protección de la traducción y los traductores como generadores de riqueza y recursos culturales. Una ley que regule de manera equitativa para todas las partes la relación que se establece cada vez que alguien encarga una traducción para su reproducción, distribución y venta. Una ley que fortalezca ese vínculo y lo potencie a fin de que se hagan y vendan y lean más y mejores libros, mejor traducidos, mejor editados, mejor disfrutados. Una ley que, a partir de aquí y ahora, ofrecemos en forma de proyecto avanzado a todos los profesionales del sector.
Un cúmulo de circunstancias providenciales ha favorecido la materialización y puesta en marcha del proyecto, que ya rueda por los pasillos legislativos. Esta iniciativa pretende, más que nada, acabar con nuestra atávica tendencia al llanto, no por medio de la autorrepresión, la insensibilidad o el ascetismo sino gracias a un marco legal en el que podamos transformar esa tradicional sensación de desamparo y fragilidad en una base digna para el desarrollo de nuestro trabajo. Para ello tenemos que ser conscientes de que sin industria y comercio del libro sanos y fuertes no habrá trabajo, ni digno ni indigno; y es preciso también que la industria entienda esta iniciativa como un paso hacia la mejor sistematización de los procesos que nos involucran y nunca como un hacha de guerra envuelta en celofán. O vamos juntos y con objetivos comunes o esto se va a volver cada vez más incierto, a pesar de la espectacular salud de la traducción en el mundo.
Pero, ¿qué propone un poco más en detalle este proyecto de ley? En primer lugar, define y aclara los términos del contrato entre partes que es el encargo de traducción, y lo hace con un espíritu de equitatividad y proporcionalidad que tiñe, por así decirlo, todo el articulado: una parte proporcional, no exagerada ni pretensiosa, de lo que genera la explotación de la obra debe corresponderle al autor de la transformación. Mientras los traductores argentinos no participen en su medida, y si los hay, de los beneficios que genera la explotación de su trabajo, estarán más cerca de ejercer un oficio que una profesión. Peor aún: la posibilidad de ceder sine die los derechos patrimoniales de esa obra equivalía a una renuncia implícita de su autoría, único y paradójico patrimonio del traductor; esta eventualidad se descarta de plano en la propuesta de ley. El proyecto pretende regular además los numerosos huecos técnicos y todos aquellos aspectos que, por su especificidad traductoril, la entrañable 11.723 deja librados a interpretaciones y usos que nos dejaban y, las más de las veces, todavía nos dejan como a nuestros hermanos los indios. Por último, plantea la necesidad de importantes medidas de impulso y fomento de la traducción por parte administrativa, como la creación de premios, ayudas e instancias que favorezcan la formación, la comunicación, el desempeño y el reconocimiento de los traductores. Esperamos sinceramente que todo esto sea un paso efectivo hacia el final del llanto y que a partir de ahora se nos reconozca allí donde vayamos por nuestra serena sonrisa profesional.

domingo, 22 de septiembre de 2013

Amar en lengua extranjera, por Omar Genovese

Colegas,

desde Buenos Aires nos llega este artículo, en el que Omar Genovese recoge miradas de muchos traductores del otro hemisferio, incluida la experiencia de cómo se formó el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires, una importante fuente de inspiración del Círculo de Traductores. Saludos a todos los colegas de aquí y de allá...

Amar en lengua extranjera

Fue George Steiner quien sostuvo que traducir literatura es pagar una deuda afectiva. Por ello, explorar los vericuetos de la traslación del sentido es algo más que una tradición argentina: invitación al encuentro.

Por Omar Genovese | 22/09/2013 | 07:30
en Perfil.com / Cultura
http://www.perfil.com/cultura/Amar-en-lengua-extranjera-20130922-0071.html



El fenómeno cultural que significa la llegada de voces ajenas a nuestra lengua (traducción) es tan relevante como la partida de voces de nuestra humilde llanura a otras regiones (extraducción): en el intercambio, que sigue siendo desigual, existe un efecto de enriquecimiento, de amplitud en la diversidad, tanto para el lector como para los escritores. Los traductores parecen invisibles, a la sombra de una obra reconocida o de un movimiento abrumador del mercado editorial, pero son parte responsable y fundamental: sin ellos el mecanismo dejaría de funcionar. Esto tampoco es ajeno a la tecnología; se están desarrollando programas de traducción automática a la par de los de escritura (Gonzalo León planteó semejante desafío en este suplemento el 17 de abril pasado, en su nota “La revolución de los libros escritos por computadoras”). Pero hay algo ahí, en la actividad del traductor, que le es propio, que subraya la imposibilidad de reducir y sistematizar la percepción humana.

¿Cuáles son las dificultades más recurrentes en la traducción literaria? Para Mariano Dupont (traduce del francés, inglés e italiano): “...lograr transponer a la lengua destino lo que el texto original le hace a la lengua fuente”. En el mismo tono, Gonzalo Aguilar (traductor del portugués), advierte: “...hay una cercanía entre los idiomas que puede resultar engañosa. A la vez, la sintaxis es muy diferente y eso plantea una gran dificultad. Para mí, un buen traductor debe ser, antes que nada, un buen escritor; si no, por más que sepa de idiomas, nunca podrá hacer una buena traducción”. Mientras que para Carla Imbrogno, quien traduce del alemán, “se trata de sentir el pulso del autor, escucharlo respirar e imaginar lo que él veía mientras escribía el original en cuestión: leer. Y después, reescribir”. Escritores velados en el pasaje de las lenguas, una tarea meticulosa que requiere del sutil manejo de la crítica, del pulso en la lectura de una obra, para superar la trampa de transferir significados.

Vayamos a lo concreto en este oficio que enfrenta tantas dificultades: ¿qué escritor o texto resultó el más complejo al traducir? Para Laura Wittner, que traduce del inglés, “fue particularmente arduo traducir la novela Hermosos perdedores de Leonard Cohen, porque es una especie de canción, poema, rezo intrincadísimo hecho de las más disímiles referencias, donde se funden citas sin declarar con citas propias pero modificadas, inalcanzables subjetividades con datos históricos inverosímiles pero documentados, personajes perfectamente desarrollados con apariciones desconcertantes aunque siempre pertinentes”. Aguilar agrega su experiencia: “El año pasado, Damián Tabarovsky me pidió que tradujera A trombeta do anjo vingador para Mardulce. Aunque no soy un traductor profesional, después de Guimarães creí que ningún autor en portugués me estaba vedado. Pero fue un error, porque en Guimarães contaba con una abundante bibliografía crítica y hasta hay un Léxico de Guimarães hecho por Nilce Sant’Anna Martins que contiene casi ocho mil palabras. Con Trevisan estaba en el aire. Su arte de la elipsis es tan sofisticado que a medida que traducía pensaba: ‘Van a decir que el traductor tiene la culpa de que el texto sea ilegible’. Ahí estaba una de las peores tentaciones del traductor: hacer el texto comprensible, explicarlo, glosarlo”.

Para Oliverio Coelho, que cotraduce del coreano: “Trabajo con algunos traductores coreanos nativos, a quienes les falta conocer el interior del idioma hacia el cual traducen. Esto se debe a que son muy pocos los hispanohablantes que se dedican a traducir. Y mi función, entendiendo un poco de coreano, es interpretar el castellano de los traductores y religarlo con el original. Una tarea hermenéutica, se parece también a la tarea de editor”. Pero eso no lo exime de los problemas, como con El hombre gris de Choi In-hun. “Llevamos más de dos años y cada capítulo insume meses de revisiones. Hay que reponer, por intuición, el tono y la poética del autor, desentumecer el idioma y la gramática, porque la traducción fue redactada por alguien para quien el español no es su lengua materna”.

Para Dupont, lo complejo pasó por Céline y su Conversaciones con el profesor Y: “Plantea este desafío: ¿cómo trasponer la profundidad y la riqueza estilísticas del original (la música) sin recurrir a la traducción “de jerga a jerga”? Porque si traducís de jerga a jerga (algo que hace la mayoría de los traductores), lo que terminás haciendo es empobrecer, reducir, restringir y acotar la traducción. Entonces la cosa pasa por abrir el abanico lingüístico, no cerrarlo, y darle profundidad al texto desde la sintaxis, desde la velocidad... Pero sin hacer una traducción complaciente, que busca ‘clientela’, como dice Henri Meschonnic.”

¿Qué libros o autores perdieron su carga estilística y lingüística en la traducción? Señala Imbrogno: “El alemán ofrece la maravillosa posibilidad de unir muchas palabras en una sola. Y esta característica fomenta un vicio del traductor, que es una suerte de pretendida justicia poética: querer dar cuenta en la traducción de todas las imágenes contenidas en una sola del original. Pierde de vista el traductor que el significado de una palabra se modifica inmediatamente por el solo contacto con las otras (como pasa con las personas). La consecuencia es que a veces la traducción termina sobrecargada y hay que desentrañar el sentido de una frase en una jungla de atributos (que en el original sólo son partes de un nombre). Sin ir más lejos, se pueden encontrar ejemplos de esto en algunas traducciones de Nietzsche, Freud o Marx. Pero no digo que sea fácil traducir a estos grandes pensadores”.

Recuerdo un planteamiento del psicoanalista y cineasta Mario Levin, discípulo de Masotta, que encontraba serias diferencias entre las traducciones del francés de los textos de Jacques Lacan porque contenían referencias a la traducción de un Freud que no existía en Buenos Aires, dando lugar a extraños malentendidos y conclusiones. Lecturas de lecturas de lecturas, cada una en su entorno musical. Esto remite a una comparación con las traducciones realizadas en España y a las diferencias con las realizadas en el resto del habla hispana; por caso, Wittner sostiene: “No creo que ‘las traducciones que se realizan en España’ se puedan juzgar en bloque. La dificultad más grande con las traducciones españolas suele estar en la tendencia a usar españolismos, que en la mayoría de los casos son evitables y a los lectores latinoamericanos nos condicionan la percepción del texto. Un ejemplo: las traductoras del hebreo Raquel García Lozano, Ana María Bejarano y Sonia de Pedro, que me han hecho tan disfrutable la lectura de Amos Oz, David Grossman y Abraham Yehoshúa. Bromeo cuando digo que no se les nota la nacionalidad, pero sí afirmo que son muy respetuosas de todos sus posibles lectores”. Para Dupont, el problema de Céline es todo un caso testigo: “En su mayoría, sus traducciones (salvo la de Néstor Sánchez de Muerte a crédito y alguna otra) no se pueden leer. Justamente por esto que digo: están traducidos de jerga a jerga. Y generalmente olvidando el oído”.

Ya es histórica la añoranza por la “época de oro de la traducción argentina” (¿1945-1975?), y no estamos lejos de un resurgir del prestigio de la profesión (ver recuadro “Maestros y notables del oficio”). La crisis en España, la diferencia de tipo de cambio, los planes de fomento de las traducciones de los cuerpos diplomáticos (Alemania, Brasil, Francia), parecen inclinar la demanda hacia nuestro país. Pero no migremos al problema editorial de la elección y la compra de derechos, salvo aclarar que es una “unidad de negocios” que avanza entre los grandes sellos editoriales y los agentes literarios, aumentando el volumen de trabajo pero no mejorando la situación de los traductores respecto del reconocimiento y los derechos de traducción. Según Dupont, “es un trabajo que, por lo general, requiere una especialización enorme, y las tarifas están muy lejos de acercarse a valores más o menos razonables”. Para Imbrogno, existe una leve mejoría: “Creo que hace diez años la situación era mucho peor que ahora. En lo personal advierto interés y reconocimiento crecientes en la tarea de traducir por parte de los editores argentinos.

Fue a fuerza de machacar: uno que machaca mucho es Jorge Fondebrider desde el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires” (ver recuadro). En cambio, Wittner plantea: “Me parece que es valorada por algunos, aunque a un nivel inadmisiblemente simbólico. Que el traductor no tenga derechos sobre su traducción es ya una señal bastante ominosa”. Como corolario está la formación profesional, en palabras de Aguilar: “En la Argentina hay un descuido muy grande en la formación de traductores porque el acento se pone en los idiomas, y lo que define a un buen traductor es que sepa escribir en la lengua de llegada”. Allí es donde aparecen actividades específicas, como “Traducir la imaginación - 1º Taller sobre traducción y edición de literatura infantil y juvenil”, organizado por la Fundación TyPA y la Fundación El Libro, llevado a cabo durante la última Feria del Libro Infantil y Juvenil de Buenos Aires. Y que contó con el apoyo de la Fundación Avina, el Goethe-Institut, la Embajada de Francia, el Programa Opción Libros del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y la Casa de Traductores Looren de Suiza.

Es evidente: la profesión sufre los tironeos del mercado y las zonas grises de la legislación vigente. Los traductores literarios están precarizados y, tomando distancia, casi como operadores de telemarketing en otras lenguas, se les valora por la productividad, siendo que su producido depende de una formación intelectual que incluye lecturas literarias, teóricas, críticas, biográficas, históricas, lingüísticas y lexicales, que forman un caudal de conocimientos muy superior al aprendizaje y la asimilación fonética de un idioma. El presente texto abre una serie de inquietudes, como que la circulación de las lenguas no es motivo de xenofobia o nacionalismo pacato (o meramente imbécil); entonces, ¿por qué doblar los filmes? ¿Acaso el sonido original de un diálogo recibirá el mismo énfasis y la misma entonación con un locutor nativo? ¿Reducirán los sueldos de los actores extranjeros porque perderán el derecho sobre su voz en Argentina? ¿George Clooney hablará musitando para facilitar la sincronía del doblaje? Esto es síntoma de cierta decadencia cultural recurrente. Y a pesar de todo, los traductores traducen, escuchan esas voces que en otras expresiones del arte nos son vedadas, y se preocupan para que lleguen nítidas. Hay que preservarlos o agonizamos a oscuras.

RECUADRO
El Club de Traductores Literarios de Buenos Aires
Hace cinco años, Julia Benseñor me pasó el dato de una traducción que ella no podía hacer para una editorial llena de pretensiones. Al cabo de la entrevista, me enteré de la suma miserable que pagaban y de las pésimas condiciones en las que había que realizar el trabajo y volví a Julia. Lleno de indignación le propuse que hiciéramos un Club de Traductores Literarios de Buenos Aires, como paso previo a algún tipo de asociación que defendiera nuestros intereses. Comenzamos así una serie de reuniones que, con la excusa de discutir problemas de índole técnica, nos permitieran aglutinar a todos aquellos traductores no contenidos ni por el Colegio Público de Traductores ni por la AATI, las dos asociaciones existentes que sólo muy parcialmente tienen que ver con la traducción literaria. Tratándose de una profesión solitaria, lo primero fue descubrir que éramos muchos los mal informados sobre nuestras obligaciones y derechos y que, por puro desamparo, aceptábamos trabajar en los peores términos. Ricardo Ramón nos acogió en el Centro Cultural de España, donde casi desde el inicio nos ofreció la posibilidad de hacer venir traductores de España y de otras partes de Latinoamérica (con quienes ya realizamos tres simposios) y de grabar nuestras reuniones. Eso redundó en la necesidad de un blog diariamente alimentado, donde, además de muchas informaciones y servicios, puede verse cada uno de esos eventos. Por allí pasó todo el mundo: traductores, escritores, científicos, historiadores, críticos, editores y, sobre todo, mucho público joven que hoy sabe cuáles son las tarifas posibles, la necesidad que hay de firmar un contrato que se ajuste a la legislación existente y cómo proceder cuando esas condiciones no se cumplen. A su vez, muchos editores nos consultan sobre contratos y tarifas, lo que ha redundado en mutuo beneficio. Hoy sabemos que nos necesitamos unos a otros. También, quién incumple sus obligaciones y quién estúpidamente no advierte que sin traductores no hay traducciones y, por lo tanto, tampoco libros.

*Jorge Fondebrider, http://clubdetraductoresliterariosdebaires.blogspot.com.ar

Maestros y notables del oficio
“Cada libro traducido por Marcelo Cohen es una pieza perfecta. Encuentra el castellano ideal para el lector latinoamericano.” Oliverio Coelho

“De los nuestros actuales, me gusta mucho cómo traduce Mirta Rosenberg. De antes y de ahora, admiro y anhelo la audacia de Alberto Girri y Ezequiel Zaidenwerg. Y supongo que la primera que despertó mi admiración y mi curiosidad por el oficio fue Elizabeth Azcona Cranwell con su traducción de los poemas de Dylan Thomas.” Laura Wittner

“En la Argentina hay muy buenos traductores, pero un ejemplo que siempre me deslumbró fue el de Jaime Rest traduciendo En su tinta, de John Lennon. Un ejemplo de audacia, invención, lectura transgresora y divertimento. No entiendo cómo nadie reeditó esa joyita. Tampoco puedo dejar de mencionar a Marcelo Cohen, no sólo por la cantidad de diferentes idiomas de los que traduce sino porque traduce cosas muy buenas.” Gonzalo Aguilar

“De los clásicos, José Bianco, Aurora Bernárdez, Enrique Pezzoni, Patricio y Estela Canto... Y de los que están traduciendo ahora, Hugo Savino, Marcelo Cohen, Martín Adadía, Carlos Gardini, Laura Wittner, Pablo Gianera, Gabriela Adamo, Silvio Mattoni, las traducciones de Guillermo Piro y Florian Von Hoyer de Arno Schmidt.” Mariano Dupont

“El argentino Pablo Gianera me ha deslumbrado por muchas cosas, entre otras, como traductor.” Carla Imbrogno