Colegas:
Nos comparte Isabel Vericat esta nota de John Berger,
aparecida en La Jornada el sábado 04 de octubre, en la sección Opinión. Saludos,
Lucrecia
Páginas sobre la lengua madre,
las historias sin palabras
y la incesante traducción
John Berger
Traducción de Ramón Vera Herrera
Autorretrato
He estado escribiendo durante
unos ochenta años. Primero fueron cartas, luego poemas y discursos, más
tarde historias y artículos y libros. Ahora escribo notas.
La actividad de escribir ha sido vital para mí; me ayuda a buscarle
sentido a lo que vivimos y continuar. Escribir, sin embargo, es el brote
de algo más profundo y más vasto –nuestra relación con el lenguaje como
tal. Y el sujeto de estas cuantas notas es el lenguaje.
Comencemos por examinar la actividad de traducción de un lenguaje a
otro. Casi todas las traducciones de hoy son tecnológicas, pero yo me
estoy refiriendo a las traducciones literarias. La traducción de textos
cuyo corazón es la experiencia individual.
La visión convencional de lo que esto implica propone que el
traductor o traductores estudien las palabras de una página en cierto
lenguaje y las entreguen en otra página, con otro lenguaje. Esto implica
la llamada traducción palabra por palabra, y después una adaptación
para respetar e incorporar la tradición y las reglas de la lingüística
del segundo lenguaje, para finalmente volver a amasar el resultado hasta
recrear el equivalente a la
voz
del texto original. Muchas
traducciones, tal vez la mayoría, siguen este procedimiento y los
resultados son valiosos pero de segunda categoría.
Por qué. Porque la verdadera traducción no es un asunto binario entre
dos lenguajes, sino un encuentro triangular. El tercer punto del
triángulo es lo que yace tras las palabras del texto original antes de
haberse escrito. La verdadera traducción exige un retorno a lo
pre-verbal.
* * * * *
Uno lee y relee las palabras del texto original de modo de
penetrarlas hasta alcanzar, para tocar, la visión o la experiencia que
las provocaron. Uno luego rejunta lo que descubrió ahí y lleva esta
cosa
titilante, casi ausente de palabras, y la sitúa tras el lenguaje al que
necesitamos traducirla. Y entonces nuestra mayor tarea es persuadir a
esta lengua huésped que la tome, que reciba esta
cosa
que espera ser articulada.
Una lengua no puede reducirse a un diccionario o a un acumulado de
palabras y frases. No podemos tampoco reducirla al depósito de obras
escritas en ésta.
Una lengua hablada es un cuerpo, una criatura viva, cuya fisonomía es
verbal y cuyas funciones viscerales son lingüísticas. Y el hogar de
esta criatura es lo inarticulado y también lo que es nos es dable
articular.
* * * * *
Consideremos el término lengua materna. En ruso el término es
rodnoi-yazyk, que significa la lengua más amada o cercana. En un chispazo podríamos llamarla nuestra amante lengua.
La lengua materna es nuestra primera lengua, escuchada por vez
primera cuando éramos infantes, de la boca de nuestra madre. De aquí la
lógica del término.
Y lo menciono ahora porque esa lengua (que es criatura e intento
describir) es sin duda femenina. Me imagino su centro como un útero
fonético.
En el interior de una lengua materna, están todas las lenguas
maternas. O para ponerlo de otro modo –toda lengua materna es universal.
De un modo brillante Chomsky demostró que todos los lenguajes, no
sólo los verbales –tienen ciertas estructuras y procedimientos en común.
Y entonces una lengua materna está relacionada (rima) con las lenguas
no verbales –como son los signos, la conducta o el despliegue espacial.
Cuando dibujo, trato de desmadejar y transcribir unas apariencias que
conforman un texto, que ya de por si tiene, lo sé, su indescifrable
pero seguro sitio en mi lengua materna.
Las palabras, los términos, las frases, pueden separarse de la
criatura que es su lengua y pueden utilizarse como meras etiquetas. Se
convierten entonces en algo inerte y vacío. El uso repetitivo de siglas y
acrónimos es un ejemplo directo. La mayor parte del discurso político
dominante de hoy está compuesto de palabras que, escindidas de su
lengua, son inertes y muertas. Y este
trafique
con palabras muertas borronea la memoria y alimenta una inexorable complacencia.
* * * * *
A lo largo de los años, lo que me ha impulsado a escribir es la
urgencia íntima de que algo necesita decirse y de que si no lo digo yo,
existe el riesgo de no ser relatado. Me pienso más como un hombre que
quiere cerrar huecos y no como un escritor profesional de trascendencia.
Tras escribir unas cuantas líneas, dejo que las palabras se deslicen
de regreso al interior de la criatura que es su lengua madre. Y ahí, son
de inmediato reconocidas y recibidas por el abrazo de otras palabras
con las que tienen afinidad de significado, o de oposición, o de
metáfora o aliteración o ritmo. Escucho su confabulación. Juntas
cuestionan el uso que le destiné a las palabras que escogí. Cuestionan
los roles que les asigné.
Así que modifico las frases, cambio una o dos, y las someto de nuevo a la discusión. Comienza entonces otra confabulación.
Y así sigue hasta que hay ahí un ligero murmullo de consenso provisional. Procedo entonces con el siguiente fragmento.
Y otra confabulación comienza.
Que otros me sitúen como escritor, o como quieran. Yo para mí soy el
hijo de la fregada –y seguro pueden adivinar quién es la fregada, ¿no?
La vigilancia
Muchísima gente tiene sus bares favoritos adonde le gusta
encontrarse con los amigos y compartir un trago. Yo prefiero beber con
mis amigos en casa. Pero sí tengo mis albercas públicas adonde voy a
nadar para arriba y para abajo, a mi propio paso, cruzándome con otras
personas nadadoras a las que no conozco, aunque intercambiemos miradas
de reojo y, en ocasiones, sonrisas.
Estas albercas no tienen nada en común con las piscinas privadas de
los pudientes, o con las lujosas piscinas de los muy ricos, ésos que hoy
catastróficamente están acaparando el futuro del mismo planeta donde
vivimos.
En las albercas públicas el uso de las gorras de baño es obligatorio.
Como también lo es la ducha con shampú antes de lanzarse al agua (o de
bajar a ella por la escala esquinada). Me lanzo y conforme nado mis
primeras brazadas bajo el agua tengo la sensación de que entré en otra
escala temporal, una sensación semejante a la que podría tener un niño
en su casa cuando decide deambular de un piso al otro.
Los nadadores compartimos una suerte de anonimato igualitario, sin
zapatos ni seña alguna de rango: tan sólo nuestros trajes de baño. Si
por accidente tocas a alguien mientras nadas, al pasar junto a ella o él
ofreces una disculpa. La ilimitada crueldad hacia otros como nosotros,
la crueldad de la que somos capaces cuando nos indoctrinan y
reglamentan, es difícil de imaginar aquí, conforme giras para nadar tu
vigésima vuelta.
Las paredes exteriores y el techo plano de la alberca municipal son
de vidrio. Así que desde el agua puedo ver los edificios circundantes y
el cielo. Hacia el oeste hay una pendiente de pasto y al tope crece un
arce plateado. Observo este árbol mientras nado de costado.
El conjunto del árbol con sus muchas ramas ascendentes semeja la
forma de cualquiera de sus hojas. La hoja de arce, de maple, tiene forma
pinada –reminiscente de las plumas (el término en latín para pluma es
pinna).
El envés de la hoja es verde ensalada, y su reverso es del color de una
plata verdosa. El destino inscrito del arce es ser pinado.
Decido dibujarlo tan pronto salga de la alberca: un bosquejo del
árbol completo y en la misma página un acercamiento a una de sus hojas.
Así, me digo a mí mismo todavía nadando, de algún modo el dibujo hará
referencia al código genético del arce. Será una especie de texto acerca
del árbol conocido como arce plateado.
Tales textos pertenecen a un lenguaje sin palabras que hemos estado
leyendo desde la temprana infancia, pero que no podemos nombrar.
Más tarde nado de espaldas y miro al cielo a través del
techo de vidrio con sus marcos. Un vívido azul con nubes blancas en
forma de cirros que se hallan, diría yo, a una altura de 5 mil metros.
(El latín para rizo es cirrus.) Los rizos varían lentamente, se
juntan y separan en tanto las nubes derivan en el viento. Puedo medir
su deriva gracias al marco del techo. De otro modo sería muy difícil
notarla.
El movimiento de los rizos proviene aparentemente del interior del
cuerpo de cada nube y no de una presión aplicada desde fuera; me hace
pensar en los movimientos de un cuerpo dormido.
Es probable que por eso es que dejo de nadar y me pongo las manos en
la nuca y floto. Mis dedos gordos de los pies sobresalen apenas de la
superficie. El agua me sostiene.
Mientras más tiempo miro los rizos más pienso en historias sin
palabras. Historias sin palabras –como las historias que podrían relatar
unos dedos. Aquí, en realidad, historias narradas por minúsculos
cristales de hielo en el silencio del cielo azul.
Ayer leí en la prensa que veinte palestinos fueron
volados en pedazos en su propio
hogar en Gaza, que Estados Unidos ha
enviado en secreto trescientas tropas o más a Irak para defender los
intereses de las refinerías de crudo; que James Foley, un periodista
estadunidense que era mantenido como rehén por los ISIS, fue filmado
durante el ritual en que lo ejecutaron por decapitación, y que 35
migrantes ilegales de India, hombres, mujeres y niños, fueron
encontrados al borde de la asfixia en un contenedor dentro de un
carguero que acababa de cruzar el Mar del Norte rumbo a los muelles de
Londres.
Los cirros derivan hacia el norte, hacia el extremo más profundo de
la alberca. Yo floto de espaldas, inmóvil. Observo las nubes y trazo con
los ojos el mapa, el diseño, de sus ondulaciones.
Entonces la confirmación que ofrece la vista cambia. Me lleva tiempo
entender cómo. Lentamente el cambio se hace evidente y la confirmación
que recibo se vuelve más profunda. Los rizos de los cirros blancos
observan a un hombre que flota de espaldas con sus manos en la nuca. Ya
no los observo yo. Ellos me observan a mí.
Revisemos los detalles de las marchas contra el nuevo Orden Mundial en próximas fechas...
Tomado de:
http://www.jornada.unam.mx/2014/10/04/opinion/a03a1cul
La foto de arriba es de Víctor Camacho, de Berger en San Cristóbal de las Casas en 2007.