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lunes, 23 de marzo de 2015

Nenúfares y sudokus: hacia una poética prosaica de la traducción


Ya está en circulación el número 77 del Periódico de Poesía, de donde tomamos este espléndido texto de Andrés Ehrenhaus, que por cierto fue el que leyó durante su visita a México en noviembre, en el evento que anunciamos aquí. ¡Disfrútenlo!



Nenúfares y sudokus:
hacia una poética prosaica de la traducción

Por Andrés Ehrenhaus
Se gobierna un gran estado con el mismo
cuidado con el que se fríe un pececillo.

Tao te king

Aviso de entrada que no voy a decir nada nuevo. Si acaso, será nuevo para mí, me sonará nuevo a mí, no a ustedes. Ya es un lugar común pensar y decir que lo que distingue a los latinos de los bárbaros del norte en términos de producción intelectual, y tal vez también emocional, es la manera en que unos y otros toreamos la dialéctica del discurso en la inclemente arena cotidiana. No obstante, que sea un lugar común no lo hace menos afilado y certero: mientras ellos piensan para decir, nosotros decimos para pensar. Grueso pero sencillo. Se entiende entonces que yo, abocado al proceso de decir, no sepa adónde quiero llegar hasta que haya acabado de decirlo y, un instante después, me sorprenda por el resultado, aun cuando lo que haya dicho no sea ninguna novedad, como podría ser el caso aquí y ahora, porque como mínimo me sorprenderé de haber hablado mucho para no decir nada nuevo. Sin embargo, tengo también la firme convicción de que el lenguaje finalmente acaba viniendo en auxilio de unos y otros y poniendo las cosas, en términos de pensamiento o emociones, en su sitio.

¿Por qué? Porque el lenguaje es tanto herramienta de comunicación como de ocultamiento, porque uno borronea con el codo lo que escribe con la mano, porque en el instante preciso de estar diciendo algo estamos elidiendo lo otro, porque la hermenéutica es a la vez el arte de cifrar y el de descifrar, etc. [Un ejemplo sencillo e inmediato: si yo digo ahora “¿Se entiende lo que quiero decir?”, ¿quién podría responder a esta sencilla pregunta sin incurrir en una flagrante falsedad? ¿Cómo puede saber el otro lo que yo realmente quiero decir –¡si ni siquiera lo sé yo!- y separarlo de lo que digo? No obstante, la mayoría, yo incluido, tenderíamos a sentirnos plenamente autorizados a contestar que sí o que no.] Así, lo que los bárbaros del norte creen haber expresado como reflejo de su pensamiento es también, aunque de un modo mucho más oscuro e indescifrable, espejo de lo que no han podido decir, y sombra del temor a que haya en el discurso partículas involuntarias que lo contradigan, ghosts in the machine; a la vez, nuestra manera turbulenta o atropellada de avanzar a ciegas por la senda de la palabra para ver adónde nos lleva es reflejo de una confianza cándida en la capacidad ulterior del lenguaje para decir algo incluso donde aparenta no decir nada. No hace falta ser émulo de Derrida o similares para aceptar que hay mucho más en el texto de lo que aparece y, al mismo tiempo, hay mucho menos. Basta con ser traductor.

Bien, convengamos en que esta distinción entre sur y norte es un poco salvaje o gruesa, como he dicho. Pero nos puede servir para ordenar un poco el panorama. En otras palabras, para situarnos en el marco de una determinada tradición discursiva y, por tanto, de ejercicio de la traducción. No he dicho tradición ingenuamente o al pasar, creo: me parece importante que los traductores seamos conscientes de que no estamos en el aquí y el ahora solos y por casualidad, y que traducimos como traducimos porque nos sale así, de manera espontánea o, en todo caso, natural y como fruto de un cúmulo aislado de circunstancias personales. Si traducimos como traducimos es porque no podríamos traducir de otra manera en el momento y en el lugar en los que vivimos. Tanto si nos rebelamos contra lo estándar establecido como si lo aceptamos sin chistar, nuestra práctica no puede deslindarse de esos estándares, de la evolución que han tenido, de los vaivenes, fracturas y reparaciones que han sufrido para llegar hasta donde yo estoy sentado o parado traduciendo ahora. Porque, además, no estoy sentado o parado en un terreno fijo, estable, un lugar inmóvil y seguro sino sobre una cinta transportadora, un suelo imposible, un campo minado, un vehículo en marcha. En una palabra: somos vectores de esa evolución y, en tanto tales, tenemos una responsabilidad para con la traducción, con la cultura, con la lengua.

Tampoco he dicho traducir, creo, de un modo ingenuo o al pasar. Traducir a secas, sin agregarle ningún epíteto homérico, sin describirlo metafóricamente o tratar de ordenarlo en dudosas taxonomías. Traducir en términos de técnica, de trabajo físico, de alfarería regional. Traducir en términos de barro. Traducir entendido como la serie híper ontológica de Gertrude Stein, como el concepto de fútbol de Vujadín Boskov: traducir es traducir. Pero, ojo, fijémonos bien, aquí la clave está en el segundo término, que ya no es igual al primero, que ya se desplazó: “ser es ser el valor de una variable”, dice Quine. Así, traducir no es una noción fija, es una noción en movimiento. Por más que adornemos nuestra cabeza traductora con bisutería de plástico, el que traduce es el cuerpo –y, si me pongo prometéico, hasta diría que el hígado. Además, de todos modos, hagamos lo que hagamos y cómo lo hagamos, luego vendrán los estudiosos de la recepción, los funcionalistas, los sociolingüistas, los cognitivistas, los deconstruccionistas, los benjaministas, etc., etc., a situarnos, a fijarnos al Cáucaso y relacionarnos y explicarnos qué estábamos haciendo y cómo, aunque no, por suerte, para qué. No pueden contarnos para qué porque ni siquiera nosotros, en el momento de traducir, sabemos exactamente para qué traducimos como traducimos. Es el viejo tema recurrente del querer decir del decir. La ambigüedad del trickster Hermes, que debería ser nuestro pícaro patrón en lugar de San Jerónimo. Pero eso es pasto de otras vacas.

cartapacios-hermes.jpg[Aunque, hablando de vacas y patrones, voy a hacer aquí una primera digresión (y prepárense, porque me temo que va a haber varias). No nos vendrá mal, creo, repasar las raíces mitológicas de la hermenéutica, que nos dicen que es eso –esclarecer, interpretar, declarar, traducir- que aparentemente hacía Hermes. Sabido es que los griegos le atribuían el origen del lenguaje y de los textos, y también que lo primero que hizo este hijo de Zeus y Maya (que para los hindúes es la diosa de la ilusión) fue desembarazarse de los trapos y paños con que lo habían envuelto en su cuna, volar hasta donde su hermano Apolo cuidaba los rebaños de Admeto y, aprovechando su embeleso ante la belleza de Himeneo, robarle doce vacas, cien terneras y un toro. De ahí les hizo cruzar toda Grecia, borrando sus huellas con diversos métodos (no hay acuerdo sobre esto): bien atándoles ramas a las colas, bien calzándoles zuecos, bien haciéndolos caminar para atrás (también dice el Tao: un buen caminante no deja huellas; no en vano Hermes es un dios oriental); y los escondió en una caverna de Pilos. Allí sacrificó dos animales a los dioses y volvió a su gruta de Cilene, donde se enfundó nuevamente en sus paños y vendas y se deslizó en la cuna. Antes tuvo tiempo de inventar la lira. Cuando Apolo fue a protestarle a Maya, ésta, furiosa, le mostró al niño, envuelto en pañales. ¿Cómo iba ese bebé inmovilizado a robar todos esos animales, hacerles cruzar media Grecia y esconderlos a la vista de los dioses? Al final, Zeus tuvo que interceder. Y yo pregunto: ¿este es nuestro esclarecedor, nuestro intérprete, el iluminador del sentido? ¿Un burlador, un cuatrero, un ocultista desde la mismísima cuna? Evidentemente, para los griegos algo en el lenguaje no necesitaba quedar del todo claro. Quienes se empeñaron –infructuosamente- en blanquearlo fueron, tiempo después, los teólogos cristianos. La palabra indescifrable, balbuciente y atronadora del viejo dios semita tenía que convertirse en mensaje diáfano, evangelizador, fijador de la verdad. De ahí que todavía nos cueste dejar de creer, gracias a los esfuerzos esta nueva concepción positivista de la comunicación, que Hermes iluminaba más que oscurecía. Y no nos olvidemos de su carácter esencialmente dual. Tan dual como el de la traducción.]

El caso es que huirle al bulto de la poética de campaña de la traducción conduce, a la corta o a la larga, a la dejación de nuestras responsabilidades como vectores y a la posibilidad de que otros llenen por nosotros el blanco de ese para qué. O sea que si nos decimos, con total sinceridad, “no sé por qué traduzco así”, nos estamos equivocando, al menos parcialmente, de preposición; no es por, es para. El por nos liga a una tradición; el para nos lanza en la confusa, titubeante, vulnerable pero valiente e inevitable dirección del traducir sub uno es traducir sub ene es traducir sub (infinito + uno) [trad1 = tradn = …. = trad∞+1].

Dicho lo cual, confieso que tardé muchos años y quizás aún siga tardando en entender la necesidad de poner en pie y, en la medida de lo posible, en marcha una poética propia de la traducción. Una poética en absoluto aislada del lugar y el momento pero, a su vez, fruto de la experiencia empírica y de, por qué no confesarlo, el azar. Un azar parecido al del discurso vuelto pensamiento que mencionaba antes, un azar aceptado como disparador de cultura, por decirlo así. Sería un necio si no supiera darle al azar el valor de agente conector de sinapsis, de guía sin objetivos trazados, de chispa que enciende el carburador de este vehículo que somos. Sin el azar no habríamos llegado todos juntitos a este instante en el que yo trato de exponer mi idea de una poética de la traducción y ustedes tratan de mantenerse despiertos en sus asientos, cuando podría haber sido exactamente al revés. Sin el azar no se habrían dado las tres o cuatro condiciones que yo creo indispensables para que esa poética sea la que por ahora es y no sea cualquier otra.  Por supuesto, los factores que la hicieron como es son incontables, pero hay tres o cuatro que he conseguido aislar de ese magma en continuo movimiento que es la vida de uno. En primer lugar, el hecho de haber empezado a traducir en y para una variante de la lengua que no era la mía, que no me era del todo natural: el español de España vs. el castellano del Río de la Plata. Esta dicotomía tardó varios años en alcanzar un hervor crítico mínimamente articulable. En segundo lugar, el hecho de haber empezado traduciendo toda clase de textos técnicos y narrativos, algunos muy áridos y desalentadores, hasta tropezar, de pronto, azarosamente, con la traducción de poesía. Ojo, no estoy emitiendo juicios de valores, sólo enumerando coincidencias. En tercer lugar, el hecho de haber empezado a dar clases de traducción a posgraduados, sin tener yo mismo un título de grado. En cuarto lugar, el hecho casual de haberme cruzado en el camino de los Sonetos de Shakespeare.

Hubo sin duda (y sigue habiendo) otros hechos contemporáneos o posteriores a estos que también han ido incidiendo en la constante revisión de esta propuesta inacabada de poética, pero creo que a efectos de esta charla conviene que nos centremos en esos cuatro y luego, si se tercia, nos asomemos a los otros. De la circunstancia más, digámosle, existencial de todas, es decir, de mi leve pero sensible desplazamiento lingüístico e, inevitablemente, cultural, compartido además con muchos otros traductores latinoamericanos, ya me ocupé con hispana prolijidad (o sea, no tanto con orden como con exceso) en un artículo que formó parte del libro compilado por Gabriela Adamo, La traducción en América latina, en el que participó también Lucrecia Orensanz, por ejemplo, así que voy a ahorrarles el fárrago y trataré de rescatar de ahí los aspectos más funcionales a nuestro tema de hoy. No hay que ser un erudito para advertir que hablar y escribir son dos cosas distintas, que no solemos hablar como escribimos ni solemos escribir como hablamos. Pero… Quizá una rama ingenua de la lingüística o de la antropología o de la biología o de la etología sostenga que hablar es inherente al hombre (¿y a la mujer no?) pero escribir no tanto. Yo no lo creo. El texto es una instancia más de la serie concéntrica de representaciones que, nombrándola, nos amparan de la inaprehensible y lacerante realidad. Pero, sea como sea, el caso es que escribimos. Y que una cosa es la lengua y otra el habla. Y que no hay como traducir para hacer carne esa brecha. Y que no hay como traducir a una variante distinta de la que se habla para que esa brecha en la carne despierte nuestra curiosidad y desarrolle nuestro espíritu crítico. Puesto que llevo varias décadas viviendo esta circunstancia, mi curiosidad y espíritu crítico tuvieron ocasión de ir atravesando diversas etapas; en el artículo usaba una metáfora inmobiliaria: desde la etapa de huésped (casi turístico, pero tan ominoso como la raíz de huésped propone) de la nueva variante, pasé a la de inquilino o arrendatario y, de ahí, a la de iluso propietario. Y en esa ilusión propietaria estoy instalado ahora, a veces con la pragmática comodidad de quien toma mate en cualquier cacharro que encuentra a mano y otras con la inquieta sensación de que ni mi lengua ni mi habla son ni serán ya nunca del todo mías.
Scartapacios-sudoku.jpgin embargo, nada me impide armar con ambas algo que pueda llamar estilo propio, y no me refiero sólo al estilo del autor literario sino, sobre todo, al del autor de traducciones. Aquí es donde interviene el segundo de los hechos azarosos que mencionaba: haber traducido de todo. Decíamos que traducir es traducir, no parece haber definición más precisa y exacta, más detallada y abierta a la vez que esta, más condenada de antemano al acierto. Pero sometámosla a prueba, no nos conformemos con el aforismo, no nos dejemos embelesar por la belleza de la rosa que fluye. Abrámosle la tripa, estudiémosle el hígado. Si traducir es traducir es traducir, entonces traducir prosa, poesía, manuales de balanzas electrónicas o documentos oficiales es, o debería ser, esencialmente lo mismo. Aceptar la hipótesis hepática implicaría aceptar que la técnica, el oficio, la delicadeza, la paciencia, el azar, la voluntad y, finalmente, el resultado de traducir unas y otras cosas son los mismos. Veamos si la exposición a la realidad pura y dura no nos demuestra lo contrario. No niego que en estos procesos haya diferencias lexicográficas -¡siempre esa obsesión por el léxico adecuado!-, diferencias de documentación, de manejo de registros, de género (si es que esa categoría taxonómica realmente existe), pero entiendo que nunca de interpretación, puesto que interpretar es justamente lo que todos hacemos, tanto si estamos convencidos de que la hermenéutica ilumina como si creemos, como yo, que oscurece al mismo tiempo, pues arroja otro texto hermético, otro texto cifrado, otro texto a media luz. Pero un momento: ¿A qué viene entonces eso del tropiezo azaroso con la poesía? ¿No habíamos quedado en demostrar que todo era lo mismo?

No, no habíamos quedado en eso. Habíamos quedado, y aquí se demuestra la utilidad del plural sociativo (porque el único que ha quedado en eso soy yo), en demostrar que la traducción de poesía era, en esencia, igual a la traducción de manuales de balanzas electrónicas. De la poesía y de los manuales que se ocupen sus autores o lectores. Para nosotros, el manual debería ser tan respetable, “literariamente hablando”, como un poema constructivista acerca de las balanzas; y un poema lírico, tan respetable, “tecnológicamente hablando”, como un manual de uso del amor, por poner un ejemplo. Y cuando digo respetable no me refiero al temor reverencial que puedan provocarnos uno y otro sino al cuidado con que debemos tratarlos. A la magnitud de ese cuidado, que debe ser la misma. La magnitud cuantitativa, se entiende, la cifra efectiva del cuidado; pero también la magnitud cualitativa, la calidad de ese cuidado, el compromiso con que encaramos la traducción. El compromiso no sólo con el texto de origen, eso que llamamos poco felizmente la fidelidad al original, sino el compromiso, sobre todo, con la cultura, con la lengua, con nuestro papel, como decía antes, de vectores culturales. Ese papel no queda relegado al área de la gran literatura, a la transmisión de las grandes ideas, de los principios elevados, de los sentimientos más puros, sino que lo abarca todo. Sin embargo, todo esto es algo que yo digo ahora, es algo que tiene que ver con mi experiencia particular y que no coincide en absoluto con lo que yo pensaba hace años (cuando traducía manuales de balanzas electrónicas soñando con poemas líricos). Es algo que, intuyo, no diría si no hubiera hecho ambas cosas.

[Me permito aquí otra digresión. Quisiera volver brevemente sobre el concepto de fidelidad que mencioné al paso. No me extraña que nos llamen traidores mientras ese bluff de la deontología profesional siga vigente. Me pregunto quién lo habrá acuñado. Un traductor seguro que no. A ningún traductor (no digo en su sano juicio, porque quién puede tirar la primera piedra) se le ocurriría atarse a semejante servidumbre abstracta. ¡Serle fiel al original! ¿Qué quiere decir ser fiel? ¿A qué cosas del original? ¿Al sentido? ¿Y cómo saber cuál es el sentido de algo cuyo sentido último a menudo desconoce incluso el propio autor? ¿A uno de los sentidos? ¿A cuál? Y en caso de que hubiera un único sentido y fuese diáfano, ¿no es en sí mismo un acto de violencia inaudita pretender llevarlo a otra lengua? Ya que estamos en la brecha, por qué no le damos la vuelta a la idea de fidelidad y afirmamos que traducir es siempre serle fiel al original, que no existe manera de escaparle a esa fidelidad, que la carta, como dicen que dice Lacan, siempre llega a destino y que nosotros, como proveedores “inocentes” de verdad (porque no somos tanto el cartero como la carta en sí, con sobre y todo), no podemos evitar entregar no sólo lo que el receptor espera o desea sino también aquello que no quiere ver –de ahí que nos tilde de traidores cuando, en realidad, somos la fidelidad hecha cuerpo. Porque, ¿cuántas veces hemos tenido que oír, de los mismos que nos tienen sospechados, eso otro lugar común de que la traducción a veces ilumina el sentido del original, como dicen por ejemplo los ingleses que les pasa con Shakespeare? ¿En qué quedamos, entonces? ¿Lo ilumina o lo traiciona? ¿O lo traiciona iluminándolo? Yo creo, e insisto una vez más, que ni una cosa ni otra. Nosotros no iluminamos –o, al menos, no deberíamos iluminar- el sentido, tampoco lo traicionamos. Sencillamente, somos –o deberíamos ser- daltónicos a la diferencia entre sentido y forma, entre carta y sobre, porque, de algún modo, somos, verbigracia: nuestra traducción es, ambas cosas. Y no todo el mundo lo acepta o quiere saberlo.]

Volvamos ahora, algo más sosegados después de haber limpiado nuestro estigma, a la poesía y los manuales de balanzas. Lo primero que traduje con cierta sensación de cómoda incomodidad fueron varios poemas de Poe. Como había sido uno de mis autores favoritos desde la pubertad (en cierto modo, Poe es un autor púber, siempre al acecho de la consumación imposible) y me sabía algunos poemas casi de memoria, convencí a un editor para que me dejara hacer una selección y con mi amigo Edgardo Dobry, también traductor y, qué se le va a hacer, poeta (y muy bueno, por cierto), nos pusimos a ello. No es ocioso que fuera Poe el autor traducido porque tiene varios textos en los que expone su idea de la construcción poética y uno en especial, La filosofía de la composición, dedicado a diseccionar los aspectos crudamente formales o materiales si se quiere, o sea, de manualidad alfarera, de uno de sus textos bandera, “El cuervo”. Saber que estuvo dudando entre un mirlo, un cuervo y un loro ayuda mucho a relativizar esa pátina gótica que a priori le endilgamos. ¡Imaginemos si se hubiera impuesto finalmente el perico y ahora Poe fuese famoso por “El loro”? Dijo el loro: “¡Nunca más!”. Estaríamos hablando de un autor paródico. Pero no son esas sus únicas preocupaciones; de hecho, lo que más espacio mental le ocupa son las cuestiones rítmicas, puramente sonoras, es decir, ligadas directamente al sentido del oído, de la escritura poética. La sonoridad, el ritmo, el loro antes que el sentido. Lo que llama la “unidad de efecto”. Y así me propuse traducirlo, con un resultado que aún hoy, y tras varias revisiones, no me satisface del todo; y todavía menos después de leer la traducción de “El cuervo” que hace Pessoa al portugués. Pero dejando de lado el resultado, lo que importa aquí es que el poema, lo mismo que a veces los manuales de balanzas electrónicas, venía con su propio libro de estilo, con su propio ARN mensajero: “donde digo digo digo digo, no quise decir diego”. O, al menos, eso entendía yo, porque mi amigo Dobry no estaba del todo de acuerdo y tuvimos que discutirlo largamente sin llegar a un acuerdo “operativo”. Lo cual nos lleva a otro tópico.

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Dice o decía el también poeta paulista Haroldo de Campos que “toda traducción que se precie es una transcreación, y de ahí que cuanta más carga de complejidad poética presente un texto más fidedigna será también su traducción. En rigor, sólo lo difícil puede ser traducido, pues verter en otro idioma lo fácil es multiplicar la redundancia”. Bien. Analicemos la primera parte de esta idea a la luz de eso tan manoseado que dijo cierta vez un poeta más, Robert Frost: “Poetry is what gets lost in translation”. ¿A quién le hacemos caso, a un poeta o al otro? ¿No son ambos poetas reconocidos y, por tanto, autorizados? ¿Cómo es posible que su sensibilidad respecto del binomio traducción-poesía sea tan diferente, al punto de que parece que dicen cosas completamente opuestas? Calma. Que no panda el cúnico. ¿Es realmente opuesto eso que dicen de Campos y Frost? Siempre me asombró el integrismo antitraductor con que se interpreta lo de Frost, como si a nadie le cupiera duda de lo que estaba diciendo y, una vez interpretado, nadie dudase de que esa interpretación debía ser elevada a Verdad. Un poco como los talibanes dinamitando los budas pero al revés, ¿no? ¿Qué es la poesía? Eso que se pierde en la traducción. ¿Qué es la traducción? Eso que la traducción no logra conservar. ¡Fantástico, estupendo! Y todos la mar de contentos, como si ese silogismo fuese el tercer principio de la termodinámica, como si fuese el tiro capaz de matar a los dos pájaros. Como si no siguieran vivos, ambos. Como si no hubiese poesía traducida.

Pero Frost no escribe: “poetry is what is lost in translation” sino “what gets lost”, no es un acto pasivo sino casi volitivo, un perderse, un dejarse llevar más que un desaparecer. La traducción es el laberinto de la poesía, no la trituradora. La traducción es el lugar de donde emerge la poesía después de parecer extraviada durante un tiempo, después de haber estado siempre ahí, a la vista, en tránsito, como esa carta robada de Poe que mencionaba Lacan, que parece perdida pero  siempre llega a destino. Por eso creo que de Campos ofrece una mejor traducción de esa frase de Frost, una traducción que no se angustia por el querer decir sino que descansa en el decir, ese decir que Berman llama “la letra” y Meschonnic “el ritmo”: cuanta más poesía parezca perderse en el laberinto de la traducción, más poesía saldrá de él. O, para ser más exactos, cuanta mayor carga poética, que para de Campos es igual a complejidad. Cosa que no deja de ser interesante: si la complejidad de un texto determina su carga poética y viceversa, hay textos legales, científicos, técnicos, hay manuales de balanzas electrónicas que, traducidos, deberían figurar entre los grandes hitos de la poesía, sobe todo si nos ponemos a traducirlos después de leer El principio de la composición. Todas estas ideas que trato de enarbolar aquí como un experto en decoración navideña estaban latentes o despertándose o en plena ebullición cuando emprendí la traducción de El cuervo y otros poemas. Y ahí es donde entran en danza los nenúfares.

El cuarto de los factores azarosos que me trajeron discursivamente hablando hasta aquí fue, como dije, el hecho de haber empezado a formar en traducción a posgraduados. Por supuesto, aprovechando la circunstancia de que la traducción de Poe estaba todavía tibia, utilicé parte del material de ese trabajo para elaborar algunos de los ejercicios de los seminarios, que después evolucionaron en talleres. Todo eso pertenece a la prehistoria de algo que todavía está germinando y que algunos de ustedes tendrán la desgracia de sufrir en carne propia: un curso de escritura para traductores que, expuesto a la luz, fue convirtiéndose cada vez más en un curso de desaprendizaje y reaprendizaje de lectura para traductores que en un comisariato de estilo. No tanto porque yo detectase esa necesidad previa en los participantes como porque la detectaba en mí mismo: si pretendía traducir escribiendo a la letra, primero tenía que saber leer esa letra de tal modo que, al tratar de escribirla, no escribiese lo que yo había creído leer dentro de ella después de inyectarle de antemano mis preconceptos, sino lo que esa letra, esa materia sensible, ese barro a medio cocer eran o son incluso cuando yo no los veo. Para eso, el único camino que se me ocurrió fue el de simplificar los procesos y llevarlos a áreas sensoriales más directas, más corporales de la experiencia perceptiva. El primer paso, siguiendo un poco intuitivamente la sentencia de Haroldo de Campos, fue identificar un registro fractal básico, una unidad de forma y fondo que se prestase al trabajo de abstracción, al sensible y paciente strip-tease de significados añadidos, a la tarea de desnudar lo que ya de por sí está desnudo aunque nos empeñemos en verlo vestido, como se empeñaban los aldeanos en ver al emperador hasta que alguien virgen de problemas de lectura supo leerlo tal cual era. Necesitaba algo que se pareciera lo más posible al lenguaje abstracto y para mí eso fue, oh coincidencia, la poesía. La poesía como manual de balanzas electrónicas. Tenía a Poe, tenía la idea. Pero no sabía adónde iba a llegar, ni cómo.

Entonces aparecieron los nenúfares. Aunque al principio no los había. Al principio, para ilustrar la idea de enfrentarnos al texto como un todo indiviso que debe ser respetado igual que se respeta un ecosistema natural me valí de un dibujito muy sencillo de una piscina, pileta o alberca llena de agua con un monigote asomado al borde. Eso me ayudaba a poner de manifiesto la noción tridimensional de profundidad y densidad material del texto y, a la vez, la de su virtud de dejarse atravesar. Era ortopédico pero funcionaba. Sin embargo, no me permitía transmitir toda la complejidad del ecosistema textual, así que de ahí pasé a la idea de estanque o laguna, al modelo orgánico que, tiempo después, intenté poner en imágenes de video, usando una pecera como representación de la cosa-texto-ahí natural o silvestre e incorporando el tiempo como cuarta dimensión de la lectura. Parece tonto pero hasta entonces no había caído en que el modelo de tres dimensiones recién cobra vida cuando le agregamos la cuarta, cuando lo ponemos en marcha, cuando lo violentamos con la acción. Porque, por prudentes y respetuosos que seamos, es preciso entender que nuestra lectura siempre será violenta, que siempre generará ondas en la superficie del estanque, siempre agitará los nenúfares que flotan en ella, siempre espantará el trajín o la calma de los peces, siempre removerá el fondo fangoso y enturbiará, aunque sólo sea una migaja, el agua aquí o allá. El tiempo, con su acción oxidante, ya empieza a modificar la obra desde la lectura, como bien teme el comentarista del experimento de Pierre Menard.

cartapacios-quijote.jpgLa distancia entre Cervantes y Menard es de reloj. He ahí nuestro principal problema, traductores: el tiempo. Nos sobra casi escatológicamente cuando necesitamos ser asépticos y quirúrgicos y nos falta perversamente cuando necesitamos que se estire y postergue la fecha de entrega de nuestra traducción. No obstante, sin ese vector no somos nada. Puede que nos fastidie, pero a la vez nos permite traducir y tenemos que evitar que se ofusque, al menos mientras estamos trabajando. Levi-Strauss habla, en El origen de las maneras de mesa, de un mito peculiar que se repite entre muchas y muy variadas y distantes tribus de indígenas americanos: el del transportador susceptible. Básicamente consiste en que un héroe tribal debe atravesar en determinado momento crucial un río caudaloso, y eso sólo lo puede hacer a lomos del más grande, feo y fiero de los animales al uso (a veces un caimán, otras un gran pájaro o un pez, etc.), que se ofrece a cruzarlo con la aviesa intención de comérselo a mitad de travesía. Para eso de pronto empieza a soltar bufidos putrefactos pero el héroe se cuida mucho de quejarse y alaba en cambio su perfumado aliento, de manera que al final llega sano y salvo a la orilla opuesta. Una vez allí, le dice al monstruo la verdad: su boca hiede a cloaca infecta. El bicho se pone como loco, pero nuestro traductor ya ha atravesado el estanque. A lomos del tiempo, hemos traducido y sobrevivido al intento.

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Bien.Despejada la incógnita nenúfares, creo que ya sólo faltan los sudokus. Van a ver cómo, una vez que el vehículo ya no viene de frente y ha pasado, todo parece cobrar inesperada lógica. Así que vayamos al encuentro de la última de las contingencias azarosas: andaba yo chapoteando en la charca cuando conseguí que me propusieran traducir los Sonetos de Shakespeare. Hice valer para ello la también azarosa traducción de una de las obras más colaterales y conjeturales del Bardo, Pericles, príncipe de Tiro, que había hecho para la nunca bien ponderada colección “Shakespeare por escritores”, que dirigió hace años Marcelo Cohen. Y me puse alegremente a despellejar esos sonetos. Tenía bastante tiempo por delante pero yo soy un procrastinador empedernido y, además, necesitaba completar con otras traducciones menos morosas la contabilidad doméstica, así que tardé nuevamente bastante en darme cuenta de varias cosas. Primero, que aunque muchas de las versiones ajenas circulantes me resultaban eso, ajenas, o huérfanas en un aspecto u otro, todas en su conjunto configuraban un cuerpo realmente vigoroso y estimulante, un poco a lo Frankenstein. Segundo, que el apabullante aparato crítico disponible (creo que es Auden quien dice eso de que hay miles de veces más material sobre Shakespeare que obras del propio autor, que por otra parte podría no ser autor de ese material ni de nada) era también eso, apabullante, y que salvo contadísimas excepciones, no me serviría para cruzar el torrente sino, en todo caso, para hacerme caer al agua y ser devorado por el apestoso monstruo de Levi-Strauss –es decir, para sucumbir al tiempo y no acabar nunca la traducción. Asi que me aferré a esas contadísimas excepciones, que finalmente acabaron siendo tres, dos, una. Me resultaba mucho más productivo leer con cuidado y respeto lo que otros habían hecho antes que yo con los Sonetos que dejarme distraer por debates y peleas entre críticos de colegio. Incluso aunque muchos dijeran cosas sensatísimas y certeras. En mi caso, el mástil al que me até, aunque sin tensar demasiado la cuerda, fue el librazo de Helen Venders, una reconocida crítica shakespiriana estructuralista, The Art of Shakespeare’s Sonnets, que recomiendo vivamente.

Fiel a mi infidelidad al sentido y a mi idea materialista dialéctica de la dualidad hermenéutica a rajatabla, no era la interpretación del significado lo que me preocupaba (al fin y al cabo, para eso bastaba con leer los poemas con atención y sin pensar en quién podía haberlos escrito y por qué sino en lo que estaba escrito) sino la forma, el envase, el sobre de la carta en que quería presentarlos. Y ahí Venders me dio al menos dos cachetazos conceptuales, a saber: a) que los sonetos son, ante todo, una serie finita de estructuras finitas y similares entre sí y que comparten características y reglas de modo tal que cada unidad es tanto única como parte indivisa del todo –en otras palabras: como los fractales; y b) que cada soneto es como una parilla (de 10 x 14 en el original inglés de pentámetros yámbicos) en el que destacan o están fijas algunas palabras o nociones clave, lo que ella llama key words, y que pueden aparecer explícitamente o estar elididas pero espectralmente presentes. En otras palabras: como los sudokus. ¡Los Sonetos son sudokus! Los Sudokus de Shakespeare. Lo único que había que definir era la matriz y las cifras fijas, el resto consistía simplemente en un trabajo de ingenio, de relojería, de especulación matemática. Los Sonetos como una serie orgánica de instrucciones para operar balanzas electrónicas. Los Sonetos como letra, cuerpo, frecuencias de sonido, materia abstracta. De modo que armé la matriz: 14 versos por 11 sílabas, con rimas asonantes en ABAB CDCD EFEF y un pareado final GG. Y me puse a discutir mentalmente con Venders el asunto de las palabras clave, porque no siempre estábamos de acuerdo, aunque ella no lo supiera. En eso estaba cuando un colega me propinó el tercer cachetazo conceptual. En un Congreso sobre Traducción y Lengua en Rosario me encontré con Luis Martínez de Merlo, otro traductor poeta, que a la sazón estaba revisando su excelente versión de la Divina comedia para llevarla íntegramente a pies yámbicos, que es  el ritmo original que Dante había dado a sus versos: “Nel mezzo del camin della mia vita…”, y él me convenció de que hiciera otro tanto con los Sonetos. ¿No están escritos en pies yámbicos? Pues eso. Yo de entrada deseché la idea, porque me asaltaba el temor apriorístico de que fuera una respiración demasiado binaria, que sonara a rima cartapacios-sonetos-shakespeare.jpginfantil. Para entendernos, el yambo es un pie bisilábico débil/fuerte y temí además que su lógica de acentos y respiraciones resultara artificial para el oído castellano, acostumbrado a una mayor complejidad métrica, sobre todo a partir de la tradición barroca en la que se funda, arma y asienta el endecasílabo. Por supuesto, Luis tenía razón: cuando por fin accedí a revisar lo que ya tenía andado (una tercera parte corta del trabajo), descubrí que los versos que mejor sonaban en mi traducción eran los que repetían el patrón yámbico y que esta regla se ajustaba perfectamente a la estructura aparentemente rígida pero viva por dentro como un estanque real de las matrices de sudokus. Y así están traducidos.

[Y aquí me permito la última digresión, que será bien corta. Durante el proceso muscular y a veces anaeróbico de la traducción no sólo me sorprendió advertir la similitud entre los sonetos y los sudokus, sino también su inesperada similitud con nuestras manifestaciones líricas actuales más próximas y cotidianas, como los boleros o los tangos. No me refiero al tema, porque eso era obvio: los Sonetos de Shakespeare hablan de la fragilidad de la vida, de la lucha entre las emociones y los impulsos, de la caducidad de la carne, de los celos, del deseo, del amor. Me refiero, una vez más, a la forma, a la materia prima con que están hechos, a su ritmo próximo al sollozo en ocasiones, a sus dramáticos altibajos y sus lánguidos estribillos. Es natural, los sonetos son canciones, pero ¿boleros y tangos? Y sin embargo algunos parecían copias directas de letras de Manzanero, de Discépolo… ¿Qué hacer con eso? Entonces pensé al revés: esos autores nuestros habían leído a fondo el barroco español, la poesía isabelina, eran herederos de una tradición a medias cultista y a medias popular. Esa percepción inversa me dio el coraje necesario para que aquellos boleros y tangos que había escrito Shakespeare sonasen, en mi traducción, a eso, a tangos y boleros -109, 110, 29…].

Salir vivo de esta experiencia me sirvió para entender que, en traducción, el sentido siempre está subordinado a la forma. Lo único que necesitamos es aprender a leerla de manera exhaustiva, paciente y respetuosa, sin que nuestra ansiedad interpretativa la oxide y desbarajuste antes de tiempo. En traducción punto, es decir, tengamos lo que tengamos delante. Para traducir prosa hace falta una actitud poética; para traducir poesía hace falta una actitud prosaica. Reproducir la matriz, volver a montar el mosaico con los mismos materiales, colores, brillos, huecos, tropiezos, matices e irregularidades que percibimos en nuestra lectura hará que el dibujo constituido por el todo aparezca. Y para eso hay que tratar con la misma dulzura y delicadeza lo grande, lo mediano y, sobre todo, lo pequeño y superficial, que es lo que sostiene al resto. Como dice el Tao, si no freímos con cuidado un pececito, ¿cómo vamos a poder gobernar un gran estado?

Gracias y buenas tardes.

Ver aquí ficha curricular de Andrés Ehrenhaus

lunes, 2 de marzo de 2015

Reseña: Andrés Ehrenhaus

Andrés Ehrenhaus nos comparte esta nota sobre su experiencia en una escuela de Tesistán, Jalisco, a través del programa Ecos de la FIL, publicada originalmente en El Trujamán, Revista diaria de traducción, el pasado 18 de febrero.



Lugares de saber
por Andrés Ehrenhaus

Este año me tocó participar en la FIL de Guadalajara en mi calidad de muchas cosas y ninguna. Aparte del abrumador despliegue de libros, entidades, autores, medios y público, y de la higuera de las vanidades que toda feria cultural internacional deja crecer ad libitum en su fuero externo, aparte del hecho tremendo de las 43 desapariciones que tiñó (y sigue tiñendo) de manera irremisible, como un non plus ultra existencial, todo lo acontecido en México, aparte de los eventos y festejos y corrillos espitosos y del castafiorismo desfasado, uno los principales atractivos de la feria —y, desde mi punto de vista imparcial, subjetivo y personal, el logro más notable de este maelstrom libresco— es un programa que impulsan en paralelo, desde hace unos doce años, la dirección ferial y la Coordinación de difusión y extensión del Sistema de Educación Media Superior y que consiste en llevar a autores del país invitado u otros de renombre a los colegios de educación secundaria del estado de Jalisco a platicar de literatura con los alumnos. El programa se llama Ecos de la FIL. En secreto debería llamarse «El tirón de orejas».

En mi caso, fui invitado al CECYTEJ n.º 01 de Tesistán, que es un colegio abocado a la educación técnica media; los chicos salen de allí con bachilleratos en mecánica, electrónica, informática, robótica, con idea de trabajar en la industria pesada local y sus servicios subsidiarios. Tesistán, un municipio modesto situado a hora y media de Guadalajara en dirección noroeste, está en camino de ser engullido por los prolapsos urbanísticos de la gran ciudad vecina. Sin embargo, aún se respira en sus calles, no todas de macadam, el aire de la llanura irredenta. Cuando llegamos (me llevaron tres amables funcionarios del SEMS), nos esperaban con honores de acontecimiento del mes. Yo no soy ninguna figura literaria, así que el recibimiento fue doblemente emocionante: desde el enternecedor protocolo de bienvenida al dulce de ciruela picante, desde la entrega incondicional al aplauso tan cerrado como inmerecido, todo resulta estimulante y comprometedor. Uno llega con la cancherez (en modo estándar: la actitud sobrada) del que viene curtido por las mesas redondas, las presentaciones, las ponencias, las entrevistas y demás servidumbres del feriante y poco a poco va adquiriendo el compromiso para el cual no venía preparado: ahí hay sesenta o setenta chavos que necesitan de uno durante cuatro horas para saltarse las clases pertinentes, es cierto, pero tampoco escuchando cualquier gansada. Su expectativa es seria y hay que satisfacerla. He ahí la primera revelación.

La segunda, y más movilizadora, es que de cualquier arbusto salta la perdiz. Yo había dicho, vagamente, que hablaría de Cortázar y, luego, más vagamente aún, de H. Bustos Domecq, el apócrifo de Bioy y Borges, pero en el camino jalisqueño se me ocurrió cambiar de rumbo y pensé que les hablaría de lo que más puedo hablar sin decir demasiadas sandeces: de traducción. Y que más que hablar los pondría a jugar a traducir al lenguaje chat, al lenguaje emoticono, y a retraducir y perdernos y encontrarnos, un poco como sucede en la práctica cotidiana del traductor. Caso es que al ponerme frente a ese público implacable, a medias entregado y a medias reticente, a esa estudiantina abigarrada y desigual, creí oportuno preguntarles antes de proceder sin redes al trapecismo experimental qué cosa entendían ellos por traducción. Para hacerme una idea yo de desde dónde empezar a aventarnos al vacío, y pensando para mi interna cancherez (v. más arriba) que sería desde bastante abajo, habida cuenta del cariz técnico del establecimiento educativo y de la supuesta suburbanidad de su locación; además, a esas edades, uno sólo tiene urgencia para el romance. Y pregunté. Se levantaron algunas manos, cosa que ya debió de sorprenderme, pero uno es lento, más lento de lo que ya se le supone.

La primera en contestar fue una chavita de la primera fila. Traducir es hacer que una cosa que está en un idioma (creo que dijo idioma, no lengua) pase a otro. Ahí, a modo de aprobación general, bajaron las otras manos levantadas. Muy bien. Pero yo, llevado por mi entusiasmo pedagógico matinal, no podía conformarme con eso, así que pregunté si alguien podía añadir algo o se quedaban con esa sencilla pero acertada definición. Y resultó que sí, que se volvieron a levantar cuatro o cinco manos. Traté de ser azaroso y ecuánime (o sea, arbitrario y tuerto) y señalé a otra chavita, esta vez de la segunda fila, que sin descomponer la figura dijo que no sólo se trataba de pasar las palabras de una lengua a otra sino también las costumbres. Glups, pensé, rayos y centellas, Robin. Esto no me lo esperaba. Miré a los profes pero a ellos sólo les preocupaba la conducta del grupo, que se estaba comportando de manera ejemplar. Así que fui más osado todavía, como quien no se contenta con hacer puenting y se sube acto seguido a un planeador para aventarse en caída libre, y reté a la audiencia de futuros mecánicos y electricistas a exprimir todavía más el tema. Para qué. No se arredraron. Volvieron a levantar las manos. Pero, ¿qué más podían decir?

Esta vez fui precavido y le di la palabra a un muchacho del fondo, con cara de medio malote y mirada oblicua, que no se sentaba con la compostura de sus compañeros de las primeras filas. A ver, tú, sí, tú, ¿tienes algo que añadir? Y sí, tenía, claro. Lo que le parecía a él era que estaba bien lo que habían dicho las chavas pero que se olvidaban de las emociones, que también había que trasladar las emociones. Ahí se hizo un silencio. En mi caso, debido al pasmo. En el de ellos, porque esperaban mi reacción. A los profes, atentos al posible desmadre, la tensa calma no les presagiaba nada bueno, se les notaba en la cara, así que reaccioné: esa respuesta está padrísima, dije. Y la clase festejó. Después seguimos con los ejercicios y los juegos pero yo no pude librarme de la sensación de que nadie sabía ni sabría más de traducción que esos cráneos silvestres y libres de Tesistán, Jalisco. Y que ningún congreso ni ensayo ni reflexión sesuda me sacarían esa sensación de dentro. Aprendamos, pues, colegas. Se trabaja con tres cosas: lengua, cultura y emoción. El resto es saliva.

 Andrés Ehrenhaus (Buenos Aires, 1955). Traductor, escritor. Reside en Barcelona desde 1976. Como narrador ha publicado Subir arriba (Sirmio, Barcelona 1993), El futuro es esto (Reservoir Books, Barcelona 1999), Monogatari (Mondadori, Barcelona 2001), La seriedad (Mondadori, Barcelona 2001), Tratar a Fang Lo (Paradiso, Buenos Aires 2006) y Un obús cayendo despedaza (Malpaso, Barcelona 2014). Es profesor del Máster de Traducción Literaria y Audiovisual de la Universidad Pompeu Fabra, en sus modalidades presencial y on-line. Integró desde el 2001 hasta el 2010 la junta directiva de la Sección de Traductores de la Asociación Colegial de Escritores de España (ACEtt), de la que fue vicepresidente, y entre 2008 y 2010 la junta  directiva de CEDRO. Fue comentarista de libros en diversos programas de la televisión catalana. Ha traducido desde manuales de electrodomésticos a numerosas obras del inglés, francés e italiano, tanto clásicas como contemporáneas, que abarcan autores tan diversos como William Shakespeare, Edgar Alan Poe, Oscar Wilde, Lewis Carroll, Jack Kerouac, Brian Aldiss, Maurice Dantec, Guy van Sant, Les Murray o John Lennon. Entre sus traducciones más recientes se cuenta una edición bilingüe de las Poesías de Shakespeare (Obras completas, vol. V, DeBolsillo, Barcelona 2013) y una nueva edición ilustrada de Alicia a través del espejo, de Lewis Carroll (Media Vaca, Valencia 2013). En 2011 fundó Knowhaus, la primera agencia literaria para traductores de España.

Tomado de:
http://cvc.cervantes.es/trujaman/anteriores/febrero_15/18022015.htm

jueves, 27 de noviembre de 2014

Lectura dramatizada de "La violación de Lucrecia"

Colegas:

A la conferencia "Nenúfares y sudokus" ya anunciada se suma la lectura dramatizada de La violación de Lucrecia de Shakespeare en traducción de Andrés Ehrenhaus, en el mismo sitio. Entrada libre, detalles en el cartel.

Y como es difícil llegar al Anexo Sánchez Vázquez, nos comparte Liseth Flores las siguientes instrucciones y croquis: http://www.filos.unam.mx/asv/comunicados/croquis-asv.pdf Saludos,

Lucrecia



miércoles, 26 de noviembre de 2014

Nenúfares y sudokus

Colegas:

Nos comparte Pedro Serrano la invitación a la conferencia "Nenúfares y sudokus: hacia una poética prosaica de la traducción", que ofrecerá Andrés Ehrenhaus este jueves en Ciudad Universitaria. Entrada libre. Todos los detalles en el cartel. Saludos,

Lucrecia


lunes, 24 de noviembre de 2014

Traducir a Shakespeare: de la letra al sonido

Colegas:

Nos comparte Andrés Ehrenhaus la invitación a la lectura de su traducción de La violación de Lucrecia y parte de los Sonetos de Shakespeare, que será mañana, martes 25 de noviembre a las 19:00 horas en el Museo Tamayo, entrada libre. Más abajo los detalles. Saludos y por allá nos vemos,

Lucrecia










Sinopsis

El escritor Andrés Ehrenhaus, conocido también por sus traducciones de obras del inglés y francés, tanto clásicas como contemporáneas, que abarcan autores tan diversos como William Shakespeare, Edgar Alan Poe, Lewis Carroll, Oscar Wilde y Jack Kerouac, hará una lectura de fragmentos de La violación de Lucrecia y de algunos sonetos de William Shakespeare, mismos que él ha traducido.

CATEGORÍA: Literatura

PÚBLICO:
Adolescentes y adultos

HORARIOS Y PRECIOS: 25 de noviembre de 2014
Día martes, 19:00 - 21:00 hrs.

Entrada libre

LUGAR: Museo Tamayo
Paseo de la Reforma S/N , Esquina con Gandhi
Col. Bosque de Chapultepec I Sección
C.P. 11580, Deleg. Miguel Hidalgo
México, Distrito Federal

INFORMES: (55) 5286 6519 y 5286 6529

Tomado de: http://www.mexicoescultura.com/actividad/121836#.VHMmVY-VtZF

Para llegar: http://www.museotamayo.org/

La portada de arriba es de la edición en Debolsillo, que contiene las obras que se van a leer en este evento, tomada de este enlace.

martes, 18 de noviembre de 2014

Aparten estas fechas: 26 de noviembre, 3 de diciembre y 5 de diciembre

Queridos colegas:

Ya vienen las últimas tres actividades presenciales que va a realizar el Círculo de Traductores en el Centro Cultural de España en México. Aprovecho para agradecerles al CCEMx y su equipo, que nos abrieron las puertas durante dos años y medio para realizar cada mes una sesión presencial del Círculo de Traductores. Pueden ver los videos de la mayor parte de estas charlas en nuestro canal de Youtube.

Aprovecho para adelantarles que habrá una actividad presencial extra y muy especial en Bélgica 204, el viernes 5 de diciembre: se trata de una velada con Katie Silver, que viene  nuevamente a México a promover el programa de residencias para traductores en el Centro Internacional de Traducción Literaria de Banff (CITLB).

Entonces las próximas actividades son las siguientes, para que aparten las fechas:


El miércoles 26 de noviembre
(dentro de una semana),
 Andrés Ehrenhaus va a impartir el taller "Leer como autores para escribir como traductores", de 11:00 a 15:00. Más detalles en este enlace. El taller es gratuito pero requiere un registro previo en línea en este enlace. Es posible que ya esté lleno el cupo, pero el registro está abierto hasta el 21, por si aún se animan. Para quienes se hayan inscrito al taller y para curiosos en general, hay un tutorial en este enlace.


El mismo miércoles 26 de noviembre a las 17:00 horas,
el mismo Andrés Ehrenhaus va a da la charla "En torno al proyecto de la Ley de Traducción Autoral (LTDA) para Argentina)", en la que nos hablará de las características y necesidad de esta propuesta de ley. En el CCEMX, entrada libre. Más detalles en este enlace.

El proyecto de ley tiene su propio blog, y pueden ir leyendo sobre el tema en el artículo "Traducción, autoría y autoridad":
Parte 1, 25 de septiembre, en este enlace.
Parte 2, 26 de septiembre, en este enlace.


El miércoles 03 de diciembre a las 17:00 horas,
Pura López Colomé y Jorge Fondebrider van a conversar sobre sus peripecias como traductores de poesía y en particular sobre todo lo que aún quieren traducir, en la charla "Los libros que falta traducir". En el CCEMX, entrada libre. Más detalles en este enlace.


El viernes 05 de diciembre a las 19:00 horas,
Katie Silver nos platica sobre el Centro Internacional de Traducción Literaria de Banff (CITLB), una residencia para traductores ubicada el Alberta, Canadá, que en junio de cada año reúne a traductores del continente americano y del mundo para que puedan trabajar durante unas semanas en un entorno encantador y en grata compañía. Katie ya nos platicó sobre esta residencia el año pasado y ahora lo hace nuevamente en las instalaciones de Bélgica 204, unos días antes de que abra la convocatoria 2015. Más detalles en este enlace.

lunes, 10 de noviembre de 2014

Ley de Traducción Autoral: charla de Andrés Ehrenhaus en el Círculo el 26 de noviembre

En su penúltima sesión presencial del año

el Círculo de Traductores tiene el honor de recibir a

Andrés Ehrenhaus

quien impartirá la charla

En torno al proyecto de
Ley de Traducción Autoral (LDTA) en Argentina


La cita es el miércoles
26 de noviembre de 2014
a las 17:00 horas

en el Centro Cultural de España en México
Guatemala 18, atrás de la Catedral Metropolitana
Metro Zócalo / estacionamiento junto a la entrada de Donceles 97

Entrada libre y gratuita

Pueden ver la sesión en línea por UStream.
Y pueden reproducir la grabación en Youtube.
 
¡Acompáñennos con su presencia y sus comentarios! 
 
 
Sinopsis
¿Por qué una ley específica para la traducción?
¿Qué entendemos por traducción autoral?
¿Cómo surgió y avanza el proyecto?
¿Es una idea exportable?

Estas son apenas algunas de las muchas preguntas que suscitará la exposición de un proyecto innovador en el campo de los derechos de autor de los traductores y a las que trataremos de dar cauce a través del debate y la participación abierta.

Pueden leer un adelanto de este tema en el artículo de Andrés Ehrenhaus "Traducción, autoría y autoridad", que reprodujimos en este blog en dos partes:
Parte 1, 25 de septiembre, en este enlace.
Parte 2, 26 de septiembre, en este enlace.

 
Sobre el ponente
 
Andrés Ehrenhaus (Buenos Aires, 1955). Traductor, escritor. Reside en Barcelona desde 1976. Como narrador ha publicado Subir arriba (Sirmio, Barcelona 1993), El futuro es esto (Reservoir Books, Barcelona 1999), Monogatari (Mondadori, Barcelona 2001), La seriedad (Mondadori, Barcelona 2001), Tratar a Fang Lo (Paradiso, Buenos Aires 2006) y Un obús cayendo despedaza (Malpaso, Barcelona 2014). Es profesor del Máster de Traducción Literaria y Audiovisual de la Universidad Pompeu Fabra, en sus modalidades presencial y on-line. Integró desde el 2001 hasta el 2010 la junta directiva de la Sección de Traductores de la Asociación Colegial de Escritores de España (ACEtt), de la que fue vicepresidente, y entre 2008 y 2010 la junta  directiva de CEDRO. Fue comentarista de libros en diversos programas de la televisión catalana. Ha traducido desde manuales de electrodomésticos a numerosas obras del inglés, francés e italiano, tanto clásicas como contemporáneas, que abarcan autores tan diversos como William Shakespeare, Edgar Alan Poe, Oscar Wilde, Lewis Carroll, Jack Kerouac, Brian Aldiss, Maurice Dantec, Guy van Sant, Les Murray o John Lennon. Entre sus traducciones más recientes se cuenta una edición bilingüe de las Poesías de Shakespeare (Obras completas, vol. V, DeBolsillo, Barcelona 2013) y una nueva edición ilustrada de Alicia a través del espejo, de Lewis Carroll (Media Vaca, Valencia 2013). En 2011 fundó Knowhaus, la primera agencia literaria para traductores de España.
 

domingo, 9 de noviembre de 2014

Taller "Leer como autores para escribir como traductores": ya está abierto el registro


Queridos colegas:

Como ya les había anticipado, viene Andrés Ehrenhaus a México y muy generosamente aceptó impartir con el Círculo de Traductores su taller "Leer como autores para escribir como traductores".

Sinopsis: ¿Cuál es el primer mandamiento del traductor? Ser fiel al texto. ¿Y en qué consiste esa fidelidad? Hay dos maneras de responder a esta pregunta. En este taller trataremos de averiguar entre todos cuál de las dos nos ayuda a traducir mejor y cuál nos condena al simulacro.

Esto va a ser el miércoles 26 de noviembre de 11:00 a 15:00 horas en el Centro Cultural de España (Guatemala 18, atrás de la Catedral Metropolitana). La actividad es gratuita pero requiere un registro previo, que pueden hacer en este enlace (en la parte de hasta abajo, busquen la palabra "inscripción" en letras grises): http://ccemx.org/leer-como-autores-para-escribir-como-traductores/

Y si les intriga por qué la invitación al taller está ilustrada con una pecera, vean el video tutorial que nos compartió el tallerista. Y aquí abajo la ficha curricular con la que podrán saber más cobre el tallerista. Saludos,

Lucrecia



Andrés Ehrenhaus (Buenos Aires, 1955). Traductor, escritor. Reside en Barcelona desde 1976. Como narrador ha publicado Subir arriba (Sirmio, Barcelona 1993), El futuro es esto (Reservoir Books, Barcelona 1999), Monogatari (Mondadori, Barcelona 2001), La seriedad (Mondadori, Barcelona 2001), Tratar a Fang Lo (Paradiso, Buenos Aires 2006) y Un obús cayendo despedaza (Malpaso, Barcelona 2014). Es profesor del Máster de Traducción Literaria y Audiovisual de la Universidad Pompeu Fabra, en sus modalidades presencial y on-line. Integró desde el 2001 hasta el 2010 la junta directiva de la Sección de Traductores de la Asociación Colegial de Escritores de España (ACEtt), de la que fue vicepresidente, y entre 2008 y 2010 la junta  directiva de CEDRO. Fue comentarista de libros en diversos programas de la televisión catalana. Ha traducido desde manuales de electrodomésticos a numerosas obras del inglés, francés e italiano, tanto clásicas como contemporáneas, que abarcan autores tan diversos como William Shakespeare, Edgar Alan Poe, Oscar Wilde, Lewis Carroll, Jack Kerouac, Brian Aldiss, Maurice Dantec, Guy van Sant, Les Murray o John Lennon. Entre sus traducciones más recientes se cuenta una edición bilingüe de las Poesías de Shakespeare (Obras completas, vol. V, DeBolsillo, Barcelona 2013) y una nueva edición ilustrada de Alicia a través del espejo, de Lewis Carroll (Media Vaca, Valencia 2013). En 2011 fundó Knowhaus, la primera agencia literaria para traductores de España.

Enlace para el video tutorial: https://www.youtube.com/watch?v=rpInTYwj7DM

domingo, 19 de octubre de 2014

Próximas charlas del Círculo de Traductores en el Centro Cultural de España


Queridos colegas:

Para este año nos quedan cuatro actividades presenciales de las que realiza el Círculo de Traductores en el Centro Cultural de España (otras son las que hacemos en Bélgica 204). Lo que viene con el CCEMx son tres charlas y un taller, con los siguientes temas, ponentes, fechas y horarios, para que vayan apartando esos días. Todas estas actividades son de entrada libre y gratuita, y sólo el taller requiere registro previo, en un enlace que próximamente les pondré aquí en el blog. Saludos y ojalá nos veamos por allá,

Lucrecia

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05 de noviembre, miércoles, 17:00 horas

Marisela Colín Rodea y Daniel Rodríguez nos ofrecerán la charla "El traductor como intermediario lingüístico: el Manual de traducción de textos especializados"

Sinopsis
¿Qué es el conocimiento especializado? ¿Cuál es su relevancia en la formación de un traductor? ¿Qué metodologías y qué tipo de ejercicios favorecen el  desarrollo de  una competencia  en esta área? El objetivo de esta charla es analizar los lineamientos teórico-metodológicos que subyacen al Manual de Traducción de Textos Especializados elaborado por el Departamento de Lingüística Aplicada del CELE de la UNAM.

Más detalles en este enlace.

Aviso en la página del CCEMx en este enlace.

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26 de noviembre, miércoles, 11:00-15:00 horas

Andrés Ehrenhaus nos ofrecerá el taller "Leer como autores para escribir como traductores"




Sinopsis
¿Cuál es el primer mandamiento del traductor? Ser fiel al texto. ¿Y en qué consiste esa fidelidad? Hay dos maneras de responder a esta pregunta. En este taller trataremos de averiguar entre todos cuál de las dos nos ayuda a traducir mejor y cuál nos condena al simulacro.

Tutorial en este enlace.

Más detalles en este enlace.

Registro previo en este enlace, hasta abajo, donde dice "Inscripción" en letras grises.

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26 de noviembre, miércoles, 17:00 horas

Andrés Ehrenhaus nos ofrecerá la charla "En torno al proyecto de Ley de Traducción Autoral (LDTA) en Argentina"

Sinopsis
¿Por qué una ley específica para la traducción? ¿Qué entendemos por traducción autoral? ¿Cómo surgió y avanza el proyecto? ¿Es una idea exportable? Estas son apenas algunas de las muchas preguntas que suscitará la exposición de un proyecto innovador en el campo de los derechos de autor de los traductores y a las que trataremos de dar cauce a través del debate y la participación abierta.






Pueden ir leyendo algo sobre este tema en el artículo de Andrés Ehrenhaus "Traducción, autoría y autoridad" que reprodujimos en este blog en dos partes:
Parte 1, 25 de septiembre, en este enlace.
Parte 2, 26 de septiembre, en este enlace.

Más detalles en este enlace.

En este enlace el aviso en la página del CCEMx.

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03 de diciembre, miércoles,  17:00 horas

Pura Loprez-Colomé y Jorge Fondebrider nos ofrecerán la charla "Los libros que falta traducir"

Sinopsis:
En esta ocasión, Pura López Colomé y Jorge Fondebrider conversarán acerca de cómo conciben la traducción, los autores a los que han traducido o están traduciendo y algunas de las peripecias que han pasado en su trato día a día con los textos. Y, de paso, cuentan sobre los libros que todavía no se tradujeron y que les gustaría traducir.

Más detalles en este enlace.


Con esta charla cerramos las actividades realizadas desde agosto de 2012 en el Centro Cultural de España en México, que tan amablemente nos abrió sus puertas y nos brindó su apoyo en la transmisión, grabación y alojamiento de las charlas. Durante estos dos años acumulamos 29 actividades presenciales, entre charlas y talleres, la mayoría de las cuales quedaron grabadas y alojadas en nuestro canal de Youtube, para consulta de quienes estén lejos en espacio o tiempo.
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La foto de hasta arriba está tomada de nitzus.com y las otras de diversos sitios de internet.

viernes, 26 de septiembre de 2014

"Traducción, autoría, autoridad", por Andrés Ehrenhaus (parte 2)



Colegas, va la segunda parte del artículo iniciado ayer:


Traducción, autoría, autoridad.
Hacia una fundamentación dialéctica 
del Proyecto de Ley de Traducción Autoral
parte 2
Andrés Ehrenhaus
18 de septiembre de 2014


3. Lugares de autoridad

Así, la autoridad del autor (que parecerá una perogrullada pero no es ni un pleonasmo ni una tautología) no pertenece tan solo al campo metafísico o retórico sino que se sustenta y manifiesta asimismo en terrenos bastante más concretos. Desde el momento en que el autor, una vez generada la obra, decide ejercer plenamente sus derechos y responsabilidades, adquiere autoridad pública sobre su cosa creada y las implicaciones y repercusiones que de esa exposición se deriven. La puesta–en–el–mundo de la obra, con todas sus consecuencias, autoriza al autor y lo convierte en autoridad. Y quien dice autor dice traductor, ¿verdad? Sin embargo, y a pesar de la insistencia de las leyes del mundo en recordarle al propio mundo que el traductor es, a todos los efectos, un autor munido de los mismos derechos –en lo relativo a su obra– que los del autor de la obra original de la que aquella deriva, el mundo tiende a perder la memoria al respecto, tiende a contemplar con perezosa miopía al traductor y acaba perdiendo de vista su silueta, siempre inquietante, siempre desenfocada, siempre más próxima a las dudas que a las certezas, siempre más próxima al Otro que al sí mismo. Pero más preocupantes que las reticencias del mundo o los lectores a aceptar esta realidad factual son las de quienes forman parte de la realidad laboral de la profesión: editores, críticos, libreros, académicos, los propios traductores.

A ello contribuyen varios factores. De algún modo, el sistema mediante el cual la obra se hace pública ha avasallado la autoridad del autor, a tal punto que a veces esas obligaciones y responsabilidades (lingüísticas, culturales, epistemológicas) se nos presentan apelmazadas, hechas un amasijo, apretujadas por el empuje de la maquinaria industrial y comercial que ocupa, en muchos casos, el lugar de quienes recurren a ella para dar a su obra valor de cosa–ahí. Para entendernos: hasta que Gutenberg no puso en marcha su imprenta, el autor era también un artesano y creación e industria eran inseparables; a partir de entonces, la maquinaria tuvo que idear sistemas de cesión (y a menudo de enajenación y apropiación) de la obra original para poder reproducirla, de tal modo de alimentarse antes a sí misma que al propio proveedor de “materia prima” –y quizás sea en este truco de prestidigitación, que pretende y a menudo logra disfrazar de producto natural lo que ya de por sí es una elaboración compleja y única, donde se obra el giro que permite la suplantación del autor por la industria. Y a nadie escapa que el traductor es un autor frágil, precisamente porque su condición de autor de obra derivada, de obra subsidiaria de otra, impone una distancia virtual extra entre él y su obra que, con enorme frecuencia, acaba cayendo, aunque sea de manera forzada o “trucada” en la órbita de la máquina, cuyo campo gravitatorio es bastante mayor (a modo de ejemplo rápido: es más fácil que se cite –técnica pero también coloquialmente– la editorial que acaba de publicar o ha publicado una traducción que al propio traductor). Aun así, es decir, aun a pesar de que la realidad de la traducción dista mucho de ser la ideal (a los ojos ciegos de la ley), a pesar de la frecuente figuración de enajenación total de la obra a manos de la industria, es esa puesta de la obra en el mundo –y todo lo que conlleva– la que autoriza al autor, verbigracia, al traductor. Ni la formación ni la acreditación ni la pertenencia a tal o cual entidad fiscalizadora le confieren indefectiblemente esa autoridad, que en el caso de los autores de obras originales parece indiscutible (¿quién le va a discutir a Roberto Arlt –por poner un ejemplo paradigmático también– su autoridad como autor?). En eso, tanto la realidad como la instancia simbólica que prescribe lo real (la traducción–ahí) coinciden.

No se me malinterprete: no es mi intención abundar en la tediosa polémica acerca de la conveniencia o la factibilidad de que la traducción se enseñe y aprenda en la academia; más bien, todo lo contrario. Puesto que se enseña y, con frecuencia, aprende a traducir en la academia, discutir su factibilidad es un acto de pura necedad; discutir su conveniencia, un anacronismo absurdo. Nada que redunde en la capacitación y el crecimiento profesionales debería rechazarse de plano, venga de donde venga, y si es de instancias sobradamente solventes y contrastadas, menos aun. Como tampoco tiene sentido negar la validez de una formación teórica sólida, de un amplio conocimiento de toda suerte de materias y disciplinas, de una perspectiva cultural tan alta como ancha; en definitiva, de buenos maestros y vigorosas y siempre renovadas referencias. El traductor autoral está condenado a formarse sin solución de continuidad, a prepararse para todas las batallas, a tocar, como en el flamenco, todos los palos, y para ello todos los recursos son dignos de consideración. No negaré, tampoco, sino todo lo contrario, la importancia no siempre manifiesta o reconocida de la investigación y los estudios de traducción para la buena marcha de la profesión. Sin un sólido y vigoroso aparato crítico, sin teóricos e investigadores capaces de revisitar y repensar la profesión desde perspectivas históricas, lingüísticas, sociológicas, sin instancias dedicadas a articular el tejido consuetudinario, apremiante y proteico, y darle un sentido más amplio, la profesión carecería de marcos de referencia y cajas de resonancia ajenos a la lógica selvática del mercado. Dignificar la traducción, otorgarle la visibilidad justa y necesaria, pasa inevitablemente por ahí. Y este trabajo también corresponde, en gran medida, a la academia.

En nuestro país, son varias las instancias oficiales donde se imparten clases de traducción, ya sea como carrera de grado, como asignatura complementaria o como capacitación para posgraduados. A la ya mencionada carrera de Traductor Público, que pertenece al currículo de la Facultad de Derecho de la UBA, se añaden, entre otros, los Traductorados en Inglés y en Francés de la UNLP, los Traductorados Públicos de la UCA, USAL (que tiene un grado de Traducción Científico–Literaria, como el ISPA de Rosario), UM, UB, UNLA, UNCA, UNLAR, CAECE de Mar del Plata, UAP, UNR, UCASAL o Universidad del Comahue, el grado de Traducción e Interpretación de la Universidad de Córdoba, los Traductorados en diversos idiomas del IES en Lenguas Vivas “J.R. Fernández” y las maestrías y posgrados de la UNC, UBA, etc. Esta variedad da cuenta, sin duda, del arraigo y, a la vez, la proyección de estos estudios. No obstante, ni salamanca ni natura prestan (léase garantizan) lo que sólo el duro y honesto trabajo generador logra poner en juego. En tanto autor, la validez del traductor como profesional en ejercicio dependerá de su capacidad para generar obras capaces de ser–en–el–mundo antes que de su educación y su titulación académicas. Porque autor y obra están indisolublemente ligados y no se conciben el uno sin el otro del mismo modo que, sin público, la obra tampoco es obra–en–el–mundo.

4. Donde no hay obra

Detengámonos ahora una vez más en el punto álgido, volvamos a la arena candente en la que se celebra el gran levantamiento de ronchas: ¿qué ocurre con la traducción que, más allá o más acá de lo que le exija la instancia simbólica, nace sin voluntad de obra, se niega o resiste a serlo; qué pasa con el traductor que, al no reivindicar una obra, tampoco se considera autor? Como pudo apreciarse en el repaso que hicimos más arriba, para la legislación al uso el traductor (no–público–no–jurado) es siempre un autor, la traducción es siempre una obra. Pero ya vimos también que esto no siempre es así en la realidad, que la cosa–traducción no siempre es una obra “de creación”. Es algo que salta a la vista: cualquier persona que aborde el tema con un mínimo de sensatez sabrá distinguir de manera automática y hasta natural la traducción autoral de la traducción que, en la realidad, no genera derechos de autor. En principio, esta distinción “natural” nos lleva a atribuir la condición autoral a quienes se dedican a eso vago y amplio conocido como “traducción literaria”, en tanto que la no autoral correspondería a quienes se dedican a eso también vago y amplio conocido como “traducción científico–técnica”: parecería, visto así, que son las materias, los “contenidos”, los que decantan la cuestión e inclinan la balanza hacia la “obra derivada” en un caso  y hacia la “mera traducción” en el otro. Algo similar a lo que sucede en fotografía, donde la huella autoral parece depender más de la materia capturada que de la captura en sí. Eppur…

Regresemos, en nuestra búsqueda de criterios objetivables, a la letra de la ley. Tal vez escarbando allí demos con indicios de por qué lo que resulta evidente y natural a simple vista, por qué lo que fenomenológicamente resulta discernible de manera tan clara, no se ve reflejado de manera igualmente clara en las normas, recomendaciones, convenios y, por fin, en la jurisprudencia universales. Si retomamos el primer artículo de la 11.723, en el que se definía que “las obras científicas, literarias y artísticas comprenden los escritos de toda naturaleza y extensión” (en coincidencia casi textual con los de la mayoría de las leyes internacionales en la materia) encontraremos, en su segundo párrafo, la siguiente y casi esotérica aclaración: “La protección del derecho de autor abarcará la expresión de ideas, procedimientos, métodos de operación y conceptos matemáticos pero no esas ideas, procedimientos, métodos y conceptos en sí.” Entiendo, entonces, que si esas ideas (et al.) se expresan, es decir, si se ponen, digamos así, negro sobre blanco, entonces se las considera protegidas por el derecho de autor; en cambio, si existen de algún modo inexpresado, bien en el acervo general o bien en el cerebro de quien sea, no hay modo de protegerlas porque no se han materializado. El derecho de autor requiere, por tanto, de una materialización de esas ideas (et al.), de una puesta en cosa–ahí –tanto si esta expresión se hace mediante un soporte físico como si se hace al aire ante un público testigo. Es el testimonio del receptor el que da cuenta de la materialización. ¿Porque, supongo quizás demasiado arriesgadamente, esa materialización cobra una forma única y exclusiva, aunque reproducible?

¿Se deduce de aquí, entonces, que es la “forma” que adquiere el contenido y no –como parecía derivarse de la distinción a simple vista entre autoral y no autoral– el “contenido puro”, es decir, la idea (et al.) no expresada, lo que debe protegerse? ¿Esa forma que a duras penas podemos definir insatisfactoriamente como “literaria”, “original”, ¨personal”, “artística”, “intelectual”, “creativa”, y que late entre el soporte y la idea, es decir, que es la “manera” de expresar y no el “medio” de expresión? Si el medio es el mensaje, está claro que lo que protege el derecho de autor no es ese mensaje sino la forma particular, condicionada por el medio o no, en que el mensaje se materializa. Así, podríamos intentar a partir de esta aclaración inicial de la ley 11.723 una primera objetivación de lo que es autoral y lo que, en la realidad (pero ahora también, indirectamente, en la ley) no lo es y aventurar que la distinción está más asentada en el cómo se expresa que en el qué se expresa. Es evidente, y también lo es para el ojo inexperto o lego, que la traducción autoral se ocupa, a la larga, más del cómo que del qué. De entrada, porque en el cómo viene implícita la lengua original y no necesariamente en el qué. ¿Podemos decir entonces que la traducción autoral pide una formación más centrada en las maneras de expresar, mientras que la traducción no autoral debería centrarse más a fondo en las materias y conocimientos que pretende expresar que en los modos en que puede expresarlos? Y aún más: ¿no es así como está organizada y orientada la formación académica al uso?
La legislación en propiedad intelectual parece desentenderse de los contenidos puros; la academia, en cambio, parece desentenderse de las formas de expresión. En la realidad, el divorcio se sirve frío (de todos modos, como bien dice Gabriel Celaya en Inquisición de la poesía, “Nadie, ni siquiera una persona que sólo quiere informar, habla neutra y mecánicamente. Toda voz es expresiva, pone una vibración en el aire y convierte el organismo entero en un diapasón”). Pero de todo esto se sigue, quizás un poco forzadamente, que es lógico y esperable que la autoridad que el traductor–autor adquiere (con suerte y buen viento) sobre todo en la puesta–en–el–mundo de su traducción radique, para el traductor–no autor, en la formación centrada en los contenidos. Ojo nuevamente: no estoy hablando de gramática, de corrección gramatical, ortográfica, sintáctica, etc., sino de retórica en su sentido más extremo. El traductor–autor debe tratar un texto enfermo (de expresión, si se quiere) con cuidado de no curarlo; el traductor–no autor debe tratar un texto sano con cuidado de no enfermarlo. Y subrayo que en todo momento, haciéndome eco de la letra (¡universal!) de la ley, no entiendo al traductor–autor como sinónimo de “literario” o “ligado a la estética” sino como traductor de obras científicas, literarias y artísticas. Aquí, volvería a ser cínico pretender que alguien puede traducir de manera rigurosa y honesta un ensayo científico o filosófico sin tener nociones sólidas de lo que en ese ensayo se cuece; también lo sería suponer que esas nociones sólo las proporciona la formación académica.

Pero hay otros considerandos respecto de la traducción que no se tiene a sí misma por obra o que, si lo es de derecho, no se adscribe ni somete –sí, señor, en la realidad– a la propiedad de su eventual autor. En la LPI española (y quien dice en la española dice en la mayoría de las que se han promulgado en las últimas décadas a lo largo y ancho de Latinoamérica) hay rendijas por las que la propiedad intelectual y los derechos que la sustentan podrían difuminarse. Hilando fino, eso sí. Por ejemplo, en su Artículo 8º leemos textualmente: “Se considera obra colectiva la creada por la iniciativa y bajo la coordinación de una persona natural o jurídica que la edita y divulga bajo su nombre y está constituida por la reunión de aportaciones de diferentes autores cuya contribución personal se funde en una creación única y autónoma, para la cual haya sido concebida sin que sea posible atribuir separadamente a cualquiera de ellos un derecho sobre el conjunto de la obra realizada. Salvo pacto en contrario, los derechos sobre la obra colectiva corresponderán a la persona que la edite y divulgue bajo su nombre”. Así, e hilando, repito, muy muy fino, podríamos inferir que la traducción de una obra –es decir, la obra derivada de esa otra– se vuelve no autoral cuando las aportaciones son tantas o tan indiscernibles unas de otras que la propiedad finalmente le pertenece a quien la edita o divulga bajo su nombre; por ejemplo, la empresa que edita y publica el manual de usos de una máquina. Es tal la “inexpresividad” de la obra derivada que ni siquiera es obra: es puro mensaje. Sin embargo, la LPI continúa hablando de derechos, incluso en ese caso, y dice que no sólo existen sino que le corresponden al divulgador, verbigracia, la empresa. Un poco a la manera de las leyes anglosajonas de Copyright. Que ni siquiera cuando desatienden al autor olvidan que hay algo que pide ser protegido por un derecho de copia. Tal vez ese modelo, que deslinda, a efectos comerciales, al autor de la obra, deje más campo abierto a la “desautoría” y a la posibilidad de pensar la traducción como un traslado de ideas o contenidos puros de un sistema cultural a otro, como un mensaje encerrado en una botella cuya propietario es más quien la lanza al agua que quien le pone el barquito dentro. Sin embargo, tampoco esas leyes regulan o fiscalizan la formación ni las señas de autoridad de los no–autores.

5. Una, dos, muchas traducciones

Sería de una ingenuidad ruborizante insistir, a esta altura, en que la diferencia crucial entre traducción autoral y traducción no autoral reside en la separación de forma y contenido, por más que disfracemos los conceptos o los adornemos con epítetos quiméricos. Es evidente a todas luces que el traductor traduce siempre dentro del complejo sistema de la lengua y que el fruto de su labor será siempre un material complejo, atravesado por tensiones y librado a la intemperie de mil lecturas distintas. Podemos continuar distinguiendo matices entre unas prácticas y otras pero ¿nos bastarán para hacerlas reposar en una taxonomía que aclare y ordene el espacio común en vez de complicarlo? Es preciso establecer un paradigma que describa de manera coherente y aceptable lo que la realidad da por hecho: hay dos, tres, muchas traducciones profesionales (o no) que conviven en relativa armonía y no se impiden ni contradicen la una a la otra. Hay instancias simbólicas que se ocupan de unas, instancias que se ocupan de otras, pero no todas están sujetas a leyes propias. La academia trata, a su modo, de abarcarlas todas. Y el mercado las requiere a todas por igual.

Resignémonos, amigos: tal vez no haya, por ahora, mejor manera de ordenar el meollo conceptual que recurriendo a la inmarcesible solidez del argumento tautológico. Es autor el traductor que traduce a autores; no es autor el traductor que no traduce a autores. La traducción autoral es una obra; la traducción no autoral no es una obra. O, dicho de otro modo menos antipático, aunque no toda traducción derive de una obra, no deja por eso de ser traducción: es traducción no autoral; aunque no toda traducción requiera legalmente de una formación y una fiscalización que la autoricen, no deja por eso de ser traducción: es traducción autoral. Así, a la secuencia lógica obra originalàtraducciónàpuesta en el mundoàautoridad se opondría la secuencia lógica texto no autoralàtraducción autorizadaàautoridad, de modo tal que ambos caminos hacia la autoridad del traductor no sólo no se cruzan necesariamente sino que no se contradicen o interponen, e incluso pueden echar mano de los recursos formativos (no sólo académicos, también bibliográficos o prácticos) que ofrecen y generan uno y otro. Formarse de manera constante forma parte de la ética de todos los traductores, sean autorales o no, públicos o privados, técnicos, científicos o poéticos, y es una responsabilidad personal que debería ir adherida a la conciencia del profesional. Y entre las obligaciones de esa formación no puede faltar nunca la reflexión abierta, permeable y rigurosa acerca de la función del traductor en la cultura y en la sociedad, de modo que esa reflexión se vea, precisamente, reflejada en posturas que ayuden a entender la realidad de la traducción y a reconfigurarla, si cabe, en beneficio de todos.