
Queridos colegas:
Los días de Muertos siempre me han parecido la época más festiva del calendario, pero este año están envueltos en horror y arbitrariedad. Brincos diéramos por que la atrocidad que ha llenado el último mes los titulares y las calles del mundo fuera algo excepcional, inusitado. En medio de tanta impotencia, nos comparte Isabel Vericat el siguiente artículo de Juan Villoro, aparecido el pasado 30 de octubre en
El País. Rodeados de brutalidad, es difícil encontrar el sentido de trabajar minuciosamente con palabras, pero Villoro nos ayuda a recordar que ejercer dignamente nuestro oficio, luchar por mejores condiciones laborales, conocernos y apoyarnos cada día un poquito más, y buscar minuto a minuto las palabras exactas para crear textos hermosos y cumplidores, son todas maneras de plantarnos frente a los abusos de poder y de autoridad, desafiarlos con la cultura de la letra. Hablando con precisión, son chingaderas que tengamos que dedicar nuestra energía e inteligencia a defender cosas tan elementales como la vida, la libertad y la dignidad simplemente porque las autoridades están facultadas para hacer con nosotros lo que se les dé la gana. Ojalá las palabras de Villoro nos animen a buscar la manera y el momento de poner entre todos el acento que le falta a nuestro país y de devolverle al tiempo de Muertos el color y el regocijo que le son propios. Un abrazo,
Lucrecia
“Yo sé leer”: vida y muerte en Guerrero
Juan Villoro
30 de octubre de 2014
En este territorio bipolar, el carnaval coexiste con el apocalipsis.
El emporio turístico de Acapulco y la riqueza de los caciques
contrasta
con la pobreza de la mayoría,
y el narcotráfico no es la principal
causa de su deterioro
El pasado 17 de octubre, el cadáver de Margarita Santizo fue velado en la calle Bucareli de la Ciudad de
México, frente a la Secretaría de Gobernación. Así se cumplía la última
voluntad de la difunta, que había buscado sin éxito a su hijo
desaparecido. La escena sirve de alegoría para un país donde la política
amenaza con transformarse en un rito funerario.
La espiral de violencia alcanzó un grado superior el 26 de septiembre
con el asesinato de seis jóvenes y el secuestro posterior de 43
estudiantes normalistas en Ayotzinapa. Ese día me encontraba en la
Universidad Autónoma de Guerrero para dar una conferencia sobre José
Revueltas. Mi anfitrión era un alto funcionario de la Universidad que en
su juventud perteneció a la guerrilla de Lucio Cabañas.
Hablamos del
escritor comunista tantas veces encarcelado por sus ideas. Esto permitió
que el académico repasara su propia trayectoria: “Lucio Cabañas me
salvó la vida”, comentó con una peculiar mezcla de admiración y
tristeza: “Me obligó a bajar de la sierra antes de que mataran a su
gente: ‘No tienes aspecto de campesino’, me dijo: ‘Si te encuentran acá,
no podrás decir que andabas sembrando; tienes que continuar la lucha
donde vales más: el salón de clases”.
La exigencia del guerrillero significó la pérdida de una ilusión. Al
mismo tiempo, el solitario camino de regreso a la vida civil permitió
que un luchador social siguiera con vida.
La gran paradoja del Estado de Guerrero es que ser maestro también es
un oficio de alto riesgo. Cabañas nació en un pueblo que refutaba su
nombre (El Porvenir) y se dedicó a la enseñanza primaria. Muy pronto
descubrió que era imposible educar a niños que no podían comer. Al igual
que otro maestro, Genaro Vázquez, creó un movimiento para mejorar la
vida de sus alumnos y se topó con la cerrazón oficial. Con el tiempo,
quienes enseñaban a leer radicalizaron sus métodos de lucha.
La cultura de la letra ha sido un desafío en una zona que dirime
discrepancias a balazos. En los años sesenta del siglo XX, dos terceras
partes de los pobladores de Guerrero eran analfabetas. La Normal de
Ayotzinapa surgió para mitigar ese rezago, pero no pudo ser ajena a
males mayores: la desigualdad social, el poder de los caciques, la
corrupción del gobierno local, la represión como única respuesta al
descontento, la impunidad policiaca y la creciente injerencia del
narcotráfico. Esas lacras no son ajenas a otras partes del país. La
peculiaridad de Guerrero es que el oprobio ha sido continuamente
impugnado por movimientos populares.
En
México armado, libro fundamental para entender este
conflicto, Laura Castellanos narra el tránsito de los maestros a la
guerrilla. Genaro Vázquez fundó una Asociación Cívica que recibió el
repudio de las autoridades y el mote despectivo de “Civicolocos”. Por su
parte, Lucio Cabañas creó el Partido de los Pobres, pero no logró
incidir en la política local. El Gobierno ofreció a los cabecillas
dinero y puestos políticos (en Guerrero, suelen ser sinónimos). Los
líderes rechazaron esa salida "negociada" y optaron por un camino sin
retorno en la montaña.
La salvaje represión de la guerrilla se conoció con el redundante
eufemismo de “guerra sucia”. Después de la muerte de Cabañas, hubo 173
desaparecidos. Castellanos cuenta la historia de la base aérea en Pie
de la Cuesta, Acapulco, donde los aviones despegaban para arrojar
disidentes al océano, inclemente recurso que también usarían las
dictaduras de Chile y Argentina. En los años setenta, durante la
presidencia de Luis Echeverría, México fue el país esquizoide que daba
asilo a perseguidos políticos de Sudamérica y sepultaba a sus
inconformes en altamar.
Hablábamos en Acapulco de José Revueltas y Lucio Cabañas cuando
supimos que seis jóvenes habían sido asesinados en el municipio de
Iguala. Esta noticia del infierno venía agravada por una certeza: el
horror no era nuevo; llegaba de muy lejos. En Guerrero, la violencia ha
sido sistemáticamente alimentada por las masacres cometidas por el
ejército y grupos paramilitares. Luis Hernández Navarro, autor de un
libro crucial sobre el tema
(Hermanos en armas), señala que
todos los movimientos insurgentes de la región han surgido después de
matanzas (la de Iguala, en 1962, produjo el levantamiento de Genaro
Vázquez; la de Atoyac en 1967, el de Lucio Cabañas; la de Aguas Blancas
en 1995, el del Ejército Popular Revolucionario).
¿Cuál será el saldo de 2014? El narcotráfico ha ganado fuerza en la
región con la presencia rotativa de los cárteles de La Familia, Nueva
Generación, los Beltrán Leyva y Guerreros Unidos. Pero no es la
principal causa del deterioro. En ese territorio bipolar, el carnaval
coexiste con el apocalipsis. El emporio turístico de Acapulco y la
riqueza de los caciques contrasta con la pobreza extrema de la mayoría
de la población. La indignante desigualdad social justifica el
descontento y explica que muchos no encuentren mejor destino que sembrar
marihuana o matar a sueldo.
En 2011, el Partido de la Revolución Democrática llevó a la
gubernatura a Ángel Aguirre, que había pertenecido al PRI y fungido como
gobernador interino en 1999, sustituyendo a su jefe, Rubén Figueroa,
responsable de la matanza de Aguas Blancas. Su elección fue un giro
oportunista para sumar intereses políticos con el engañoso mensaje de
una alternancia en el poder. Como los barcos que utilizan la insignia de
Panamá, el PRD se ha convertido en una entidad que alquila su bandera.
En la búsqueda del poder por el poder mismo, apoyó a un personaje que
jamás combatiría la corrupción ni la injusticia. Al amparo de esa
gestión, surgieron figuras dignas de
Los Soprano, como el
alcalde de Iguala, José Luis Abarca, también del PRD y hoy fugitivo. De
manera inverosímil, la cúpula partidista respaldó a Aguirre después de
la desaparición de los estudiantes. Sólo la presión social llevó a su
renuncia, que en modo alguno mitiga el eclipse del “Partido del Sol”.
En la búsqueda de los normalistas desaparecidos se han encontrado
fosas con otros muertos. De 2005 a la fecha han aparecido 38 criptas de
ese tipo. Excavar la tierra en Guerrero es un inevitable acto forense.
Durante medio siglo, los abusos de las autoridades han sido
repudiados por una población pobre pero politizada. La Escuela Normal
representa un centro neurálgico de la discrepancia. Conviene recordar
que en los años sesenta uno de sus activistas se llamaba Lucio Cabañas.
El 26 de septiembre hubo cuatro balaceras distintas y un solo blanco:
los jóvenes. Con el apoyo del crimen organizado, el alcalde Abarca
sembró el terror para amedrentar a los normalistas que se movilizaban
para recordar a las víctimas de la matanza de Tlatelolco. Una vez
desatado el mecanismo represivo, también fue acribillado un equipo de
fútbol. ¿Su delito? Ser jóvenes; es decir, posibles rebeldes.
“Hay una tensión entre leer y la acción política”, escribe Ricardo
Piglia. Interpretar el mundo puede llevar al deseo de transformarlo. En
ocasiones, la letra, y la ortografía misma, son un gesto político que
desafía un orden bárbaro: “Podríamos hablar de una lectura en situación
de peligro. Son siempre situaciones de lectura extrema, fuera de lugar,
en circunstancias de extravío, o donde acosa la amenaza de una
destrucción. La lectura se opone a una vida hostil”, argumenta Piglia en
El último lector.
El Che Guevara pasó su última noche en una escuela rural. Ya herido,
contempló una frase en la pizarra y dijo a la maestra: “Le falta el
acento”. La frase era “Yo sé leer”. Ya derrotado, el guerrillero volvía
a otra forma de corregir la realidad.
Hace años, maestros acorralados por el Gobierno decidieron tomar las
armas en Guerrero. Lucio Cabañas decidió salvar a uno de los suyos para
que volviera a la enseñanza, instrumento de lucha en un país sin ley.
43 futuros maestros han desaparecido. La dimensión del drama se cifra
en una frase que se opone a la impunidad, el oprobio y la injusticia:
“Yo sé leer”. El México de las armas teme a quienes enseñan a leer.
A ese país le falta el acento. Llegará el momento de ponérselo.
Tomado de:
http://elpais.com/elpais/2014/10/24/opinion/1414176761_858161.html