jueves, 14 de enero de 2016

Controversia alrededor de una elección léxica

Queridos colegas:

Caterina Camastra, traductora al italiano de narrativa mexicana contemporánea, nos comparte un ejemplo de uno de los problemas fundamentales a los que nos enfrentamos los traductores: la elección de la palabra "más adecuada".

 
La calabacera de la discordia 
Caterina Camastra


“Entonces dijo Dios a Jonás: ¿Tanto te enojas por la calabacera?
Y él respondió: Mucho me enojo, hasta la muerte.”
Jonás 4:9 

Este diálogo tiene lugar entre Jonás y Yahvé. Jonás, acabadito de salir del vientre de la ballena y de quedar como charlatán en Nínive, cansado e irritado, se construye una choza en las afueras de la ciudad. Yahvé contribuye con un amparo del sol, una planta de las que se enredan y hacen techo. Jonás se alegra, mas Yahvé, a quien los arranques de buena onda nunca le suelen durar demasiado, decide mandar un gusano a devorar la planta. La versión oficial cuenta que lo hizo para enseñarle a Jonás una lección de piedad, sin renunciar, nótese, a la peculiar crueldad de estilo que es su sello de distinción. Y que diga Jonás que le fue bien, no pudo haber pasado de una insolación, finalmente. O si no, que le pregunte a Job qué tan mal puede llegar a irle a un hombre piadoso cuando a Yahvé se le ocurre involucrarle en uno de sus célebres caprichos. El caso es que Jonás sí se enoja y con cierta vehemencia, “hasta la muerte”, según contesta a la interpelación algo socarrona que se le dirige.

No soy ninguna erudita en temas bíblicos, cabe aclarar. Me tropecé con este versículo porque Alberto Chimal lo transcribe como epígrafe de su libro Grey, que yo traduje al italiano. Citas y epígrafes, sabemos, deben antes que nada buscarse en su fuente original, o bien en una traducción lo más canónica posible; con más razón, si se trata de textos sagrados. Al buscar, entonces, en la Biblia en italiano me encontré con lo siguiente: 
Dio disse a Giona: “Fai bene a irritarti così a causa del ricino?”. Egli rispose: “Sì, faccio bene a irritarmi così, fino a desiderare la morte”.
Amén de la falta de síntesis, ritmo y gracia del texto italiano frente al español, el problema más grande era perder la calabacera por el ricino. Calabacera suena a un mundo familiar de verduras y jícaras, con un curioso retintín de español ya un poco anticuado, como novela del XIX, como vals del Istmo: rima con friolera, 'cosa de poca monta, de poca importancia', comparte imagen con dar calabazas, 'decir que no'. Enojarse por una calabacera es al mismo tiempo ridículo y mortal, tal como narran los cuentos de Grey, dedicados a explorar las estrambóticas creencias de sectas religiosas fantásticas cuyo parecido con la realidad es totalmente intencional.

A lo mejor el ricino también hubiera podido sonar divertido, por aquello del aceite purgante; hubiera hasta podido ser cierto, avalado antes de la Biblia, desde la traducción del qiqi egipcio que Plinio propone en su Historia natural. Sin embargo, no me terminaba de convencer, tal vez porque con justa razón se puede uno enojar por el ricino (ocurriéndoseme tristes escenas italianas de fascista memoria); es decir, no me sonaba tan risueño y disparatado como enojarse por una calabacera. Hurgando un poco más en las diferentes traducciones bíblicas al español, esta calabacera resultó ser también mata de ricino, enredadera, planta frondosa o planta a secas. Y más: tal parece que el original hebreo, qiqayon, es un hápax legómenon, una ocurrencia solitaria; de ahí su dificultad de interpretación. Descubrí artículos, discusiones, sociedades eruditas enteras entregadas al estudio de la botánica en la Biblia, todo un universo de simpáticos chiflados, más que dignos de formar parte de las huestes sectarias de Grey. 

Las dificultades que tenía con mi epígrafe, me vine enterando, hacían eco de un problema de traducción de siglos. Y no se trata de una discusión cualquiera, sino nada menos que de una disputa escolástica como Dios manda, entre meros padres de la Iglesia. San Jerónimo, patrono de nosotros los traductores, entre finales del siglo IV y comienzos del V d.C. se dio la tarea de sistematizar y corregir la traducción de la Biblia al latín, integrando la versión que se conocerá como la Vulgata. Como buen traductor, y siendo que sabía hebreo, decidió remitirse a la fuente original, mientras que las traducciones latinas hasta ese momento se basaban en la versión griega, la Septuaginta. Entre otras intervenciones, san Jerónimo estimó oportuno cambiar la traducción de qiqayon y sustituir cucurbita, ‘calabacera’, por hedera, ‘hiedra’ o ‘enredadera’. Sus argumentos, basados en el análisis componencial y la sensata negociación, son maravillosamente modernos y le sonarán familiares a cualquier colega, amén de ser, como toda elección traductora, discutibles: 
En ese pasaje, donde la Septuaginta dice calabacera, y Aquila y los demás han optado por la palabra enredadera (kissos), el manuscrito hebreo usa ciceion, que significa, en el idioma actual de Siria, ciceia. Se trata de un tipo de arbusto de hoja anchas, como una vid, que cuando se siembra crece rápidamente hasta el tamaño de un pequeño árbol, que se sostiene solo, sin necesitar el soporte de palos o cañas como las calabazas y las enredaderas. Así que si yo, al traducir palabra por palabra, hubiera elegido ciceia, nadie hubiera sabido qué significa; si hubiera usado la palabra calabacera, habría agregado algo al texto hebreo. Así que me decidí por enredadera.
En todo esto, lo más interesante es que san Jerónimo esgrime tales argumentos en su correspondencia con otro santo y sabio, Agustín, quien le escribió alarmado por el botánico asunto. San Agustín sabía poco griego y de hebreo nada, pero eso era lo de menos. Resulta que se había enterado de que el obispo de Oea (la actual Trípoli) había tenido que enfrentar un tumulto de los fieles, escandalizados al oír algo diferente a lo que “era familiar a los sentidos y la memoria de todos los creyentes, y había sido cantado por tantas generaciones en la Iglesia”. Tal parece que los más sentidos fueron los griegos presentes, por aquello de la traición del kolokynthē de la Septuaginta. Parece también que, interpelados, los judíos locales confirmaron que sí, era calabacera y no hiedra. Para san Agustín, sin embargo, ni la naturaleza de la planta en cuestión, ni la competencia traductora de san Jerónimo finalmente importaban mucho: el peligro por conjurar era la introducción de cambios perturbadores en las reconfortantes letanías de la Fe. Como buen guardián de la Tradición, san Agustín estaba dispuesto a defenderla contra la traductología en ciernes, contra la peligrosa costumbre de la duda y la discusión, contra la misma verdad si fuera necesario. Más que una hiedra y una calabacera, aquí se enfrentan, ante los textos, el mundo, la vida misma, dos posturas epistemológicas irreconciliables. Está en juego nada menos que la friolera, o calabacera, del libre pensamiento crítico frente al sagrado deber de la conformidad y la obediencia.

Y sí, ¡cómo nos enojamos por las calabaceras! Cada uno por la suya, mucho, hasta la muerte. Se enojan los protagonistas de los cuentos de Grey, se enoja el buen Jonás, se enojan los fieles tripolitanos, se enoja san Agustín contra su buen amigo san Jerónimo. La disputa parece estar ya cifrada en el versículo, sustituyendo a Yahvé y Jonás por los dos santos varones: una de esas ocurrencias textuales que me hacen sentir un escalofrío de incomodidad y vacilar un momento en mi tranquilo ateísmo, considerando también que Alberto Chimal, cuando le conté toda esta historia, se mostró felizmente sorprendido; no la conocía. Tampoco sabía, para esto, que en su texto deambulaba otro hápax legómenon aparte de su destorcido personaje. Hay libros que logran asombrar hasta a sus autores.

En italiano, finalmente, opté por quedarme con la cucurbita en su variante de zucca da fiaschi, ‘calabaza para jícaras’, por razones que san Agustín, sin embargo, no hubiera aprobado: como dije en un principio, estaba preocupada por una traducción que mantuviera la irreverente gracia involuntaria del original, y para el caso me gustaron las connotaciones burlescas de ‘cabeza hueca’, ‘testarudez’ y ‘fracaso’ que en mi idioma se asocian a zucca y fiasco. Hasta san Jerónimo, mi patrono, pudiera tomársela como una ofrenda, como una barroca, irónica victoria.

Sobre la autora. Caterina Camastra (1976, Brescia, Italia). Diplomada en Traducción por la SSLMIT (Bolonia, Italia), licenciada en Idiomas por la Universidad de Westminster (Londres, Reino Unido), maestra en Literatura Mexicana por la Universidad Veracruzana, doctora en Letras por la UNAM, con estancias postdoctorales en la Universidad de Turín (Italia) y El Colegio de Michoacán. Sus principales intereses de investigación son el teatro en México en el siglo XVIII, la literatura tradicional y popular en el mundo hispánico, la traducción y la literatura comparada, las relaciones entre la cultura hispánica y la árabe-andalusí. Colabora como docente con la Universidad Nacional Autónoma de México y la Universidad Veracruzana. Es traductora al italiano de narrativa mexicana contemporánea (Hugo Hiriart, Verónica Murguía, Alberto Chimal, Alberto Ruy Sánchez, Sergio Galindo), principalmente para la editorial italiana independiente Bibliofabbrica, varias veces beneficiaria del programa Protrad del Fonca. Es autora de varios artículos en revistas académicas (La Palabra y el Hombre, Investigación Teatral, Contrapunto, Revista de Literaturas Populares, Boletín del Archivo General de la Nación) y colaboraciones en libros colectivos. También es autora de dos libros para niños (Ariles y más ariles. Los animales en el son jarocho, y Fiestas del agua. Sones y leyendas de Tixtla), publicados por la editorial El Naranjo y ganadores de diversos premios. Contacto: saeeda.bai@gmail.com

Imagen: “Jonás bajo la calabacera”, dominio público. Fuente: British Library Add 21160, f. 292v. Disponible aquí o acá.

2 comentarios:

  1. Excelente, brillante texto de mi admirada Caterina Camastra! Gracias por compartirlo. Excelente este blog que no conocía!

    ResponderEliminar